Planeta La Fama

santdo

LITERATURA EN COMO

Bellagio 

Bellagio, al fondo, en la otra orilla del Lago de Como. La Villa más alta de todas señala dónde estuvo Villa Tragoedia, de Plinio el Joven         

  En tanto que espacio literario, el Lago de Como –o Lario denominado sincréticamente por los nativos- tiene mil y una referencias, de todos los tiempos. Dejé, en mi visita a la zona, que fueran ellos solos los que acudieran a mi encuentro, como un brindis del destino. Ni viajé informado, ni atendí noticias que rasgaran mi virginidad en el tema. Así las cosas, dos fueron los literatos que, podríamos decir, salieron a mi encuentro, con más decisión. Un tercero, Alessandro Manzoni, se nos esfumó como fantasma.

           El primero fue Plinio el Joven, natural de la ciudad de Como, el segundo, Filippo Tomasso Marinetti, fallecido en Bellagio, hermosísimo enclave, estratégicamente situado en medio del Lago. Y eso precisamente, la bella localidad de Bellagio, que comienzan teniendo de común ambos escritores, separados por un espacio temporal de 20 siglos. En Bellagio tenía su finca residencial Plinio el Joven. Lario es un lago de tres brazos, los tres alargados por un medio centenar de kilómetros y cercados de abruptas montañas verdes. Uno de los brazos, el más septentrional, tiene la dirección sur-norte. Acaba en la población de Collico, casi en Suiza ya. Los otros dos se extienden, igualmente longitudinales, desde que “acaba” el anterior, en las direcciones suroeste –el de Como-, y sureste –el de Lecco. 

           Lecco es la ciudad de Manzoni, el novelista romántico por antonomasia en Italia. Su novela: Los Novios (I Promessi Sposi). En Lecco transcurren –en tiempos de la Guerra de los Treinta Años- las amorosas e infortunadas peripecias de Renzo y Lucia, pero no nos fue dado seguir su pista… Motivos tendría el destino paras negárnosla Por cierto, en la historia el malo es el español Don Rodrigo, gobernador de Milán.

           Equidistante de Collico, Como y Lecco, se halla Bellaggio. Desde su esquina privilegiada se contemplan los tres brazos del Lago. Y allí, justo delante del promontorio que, a modo de peninsulita, marca territorio, tenía Plinio el Joven su villa de descanso. La llamó Tragoedia, en griego. A la casa que tenía en el mismo Como la denominó Commedia. Juegos verbales de un literato. Hoy Tragoedia es Villa Serbellione. Un verde prado, abierto al sur del promontorio antecitado, marca los espacios de la mansión del joven Plinio. Luego se alza la casa actual, sobria y señorial, pintada en un ocre muy elegante, y tras ella un bosque de diversas especies, umbrío y profuso, que acaba en el centro del lago de tres brazos.

           Plinio el Joven tenía 500 esclavos, y era íntimo de Trajano, el español que dirigía el Imperio, allá por los confines entre el siglo I y el II de nuestra era. A este Plinio debemos el género de Carta Literaria, que tanto predicamento tendría desde el Romanticismo. En una de ellas, por cierto, le cuenta al Emperador sus decisiones acerca de la ejecución de los cristianos que se niegan a rendir culto a la cúspide del Imperio, es decir, al mismo Emperador a quien escribía. Por eso resulta harto difícil de entender que, junto con su tío, el naturalista Plinio el Viejo, se encuentre estatuado en el frontal mismo de la Catedral de Como, en efigies de mayor tamaño que ningunas otras. Hoy se hallan acristaladas, para protegerlas de las injurias de las palomas. Y son, como el resto de la Catedral, adscribibles a ese estilo mixto de gótico tardío y temprano Renacimiento que caracteriza a no poca parte de Italia. Fue, está claro, un perseguidor de cristianos, pero en sus paisanos de mil quinientos años después, pesó más su universalidad que su condición de pagano reluctante al Cristianismo, a cuyos seguidores en conjunto, llamó secta.

           En cuanto a Marinetti, adelantemos que fue, podríamos decir, el poeta áulico de Mussolini. Murió en el Hotel Splendide de Bellaggio, en 1944, a punto de acabarse la penosa aventura del Duce. Morir en un hotel tiene algo de tristeza irremediable. En el caso de un equivocado absoluto como Marinetti, es patético. Una placa en una esquina del hotel recuerda el luctuoso suceso. Se creyó fundador de la definitiva modernidad con su manifiesto del Futurismo, un panfleto que concede gloria al desprecio de la mujer, y a la velocidad como nueva diosa. “Un coche de carreras es más bello que la Victoria de Samotracia”, dice el lugar común que las más de las enciclopedias citan del escritor. Y uno piensa, ¿qué sería del Rolls Royce sin el pequeño icono de la Niké en lo alto de su morro? Equivocó su adscripción vital, y la vida no le deparó existencia suficiente como para desdecirse y encontrar la acertada lucidez. A otros sí le concedió ese don, como a Baroja o Unamuno. También a Cela, el delator voluntario al servicio de Franco. Pero no a él, pobre.

           Plinio y Marinetti fueron amigos del César de su tiempo: Trajano y Mussolini. Y ambos coincidieron en su referencia vital a Bellagio. Marinetti escribió en francés gran parte de su obra, y Plinio eligió el griego para bautizar sus villas. Un sentido elitista de la vida también debió de ser común a ambos. Trajano designó a Plinio el Joven gobernador de Bitinia, la parte norte de la Anatolia, mientras el Duce no se dignó proponer a su bufón poético para nada oficial. Ni Plinio entendió qué era el Cristianismo, ni Marinetti qué era la democracia. Ambos murieron sin saber que el futuro era una cosa distinta de la que ellos habían soñado como definitiva y perfecta.

           Descansen en paz ambos, y hayan encontrado donde estén la sabiduría que su tiempo les negó. Vale.

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LA RISA DE LAS MUJERES MUERTAS

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                       El título de hoy lo recojo de un libro, una novela. Es del autor murciano José Emilio Iniesta. Lo presentó la primavera pasada, y yo lo comento hoy, al final de este verano que se despide con tromba de agua otoñal. Se trata de una doble novela: histórica y actual. La actualidad que indaga en el pasado.
La Sevilla de nuestro tiempo y la del siglo XI se mueven al compás de un bucle en el tiempo que pervive en la percepción de unos cuantos privilegiados, recurrentemente a los largo dela Historia. En medio, un recorrido por París, El Cairo, Madrid… Y una educación sentimental que se va conociendo a sí misma, a la par que va analizando el pormenor de ese bucle histórico que desdice la concepción newtoniana del tiempo, para acercarse a la einsteniana. Todo sin dejar el ancho campo de las humanidades, que a todos concierne.
          

Julio Petrel guitarrista de concierto clásico, tiene una visión luego de terminar una interpretación en el Alcázar sevillano: una princesa mora, del siglo XI, le pide ayuda. No duda ni por un momento de su autenticidad, y el sucederse de las pistas para arribar al logro final, constituye, con un ritmo de buena novela, la trama. Estamos ante una buena novela, en fondo y en forma, que hace de su autor uno de los mejores novelistas murcianos, junto a Pérez Reverte, Luis Leante y Pedro García Montalvo.  Iniesta documenta todos sus contextos con maestría y rigor, y hace así que el lector no se sienta estafado por una ambientación de guardarropía o hemeroteca embutida a fortiori. Además, sabe jugar con la intriga, que sigue paso a paso, tanto el enigma de la invasión almorávide de la Sevilla de Al-Mótamid, como la evolución anímica-sentimental de Petrel. No olvida el novelista su murcianía de origen, y así, nos narra, por ejemplo, el triste final del poeta mursí Ibn-Wahbum. Un detalle que le honra. Por todo esto, La Risa de la Mujeres Muertas es una novela de las que sí se pueden recomendar para aprender Historia, así como para pasar un tiempo agradable muy singular: el de leer una buena novela, con la que aprendemos la difícil asignatura de la vida, con Julio Petrel y su búsqueda de la Princesa Buthhayna, que, a fin de cuentas es buscar, para Petrel sus auténticos orígenes, su propia naturaleza. Vale.

santdo

Muro con yedra, en Como

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   Otro día,

será otro día,

cuando le cante al Lago.

 

 A su leve neblina estival

que tamiza los colores.

 

 A sus aguas dormidas

y a sus verdes montes.

 

 Hoy quiero decir

de la elegancia clásica

de una yedra

y sus hojas corazones,

descolgándose de una terraza

por la esquina de un casón noble.

 

 El sol poniente

-que lo incendiaba todo-

como el dedo de un dios lo señalaba

a los ojos ciegos de los hombres.

 

                       8-08-09

santdo

PRIMERAS LLUVIAS

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           Es la tarde cenicienta de un domingo de Septiembre. Los cielos se han nublado, y el viento trae mensajes de humedad y de frescura. Boquea el verano. Y la pluma se pone estupenda, como decía aquel personaje de Luces de Bohemia. Aparca el apunte de actualidad e intenta acercar a la columna un poco de poesía posible con la prosa y la velocidad lectora del que, apoyado en la barra de un bar de lunes, aguarda a que el camarero le sirva el primer cortado de la mañana. El día espera agazapado ahí afuera con sus horas y sus trabajos. Por algún lugar dirá el periódico que ayer llovió. Y será noticia que la lluvia ganó su primera batalla, en realidad escaramuza, al calor, que -bien seguro- aún habrá de sobrevivir más allá de San Miguel y de El Rosario.

           Pero esta tarde, que es el ahora del cronista, llueve o está a punto. Hay nubes bajas, seguramente con tormenta, hacia la umbría de Carrascoy. Han silenciado los climatizadores en las casas, y los comercios, cerrados, suspiran en su interior por una onza de esa brisa fresca que se anuncia en el aire vesperal de la semana que habrá de ser última del estío astronómico. Melodías de novedad danzan en las mentes y los imaginarios colectivos y personales de todos. Ya viene el cortejo, ya viene el cortejo… piensan algunos, recordando a Rubén. Y el cortejo es el del Otoño, que se anuncia con este heraldo de humedad y cielo nublado. Un cortejo de parvo lujo y sabia sonrisa, que trae mandatos de templanza climática, y destierra rigores de canícula. Una redención de sudores esclavos y sofocos quemantes, que bien conocemos por estas tierras.

           Hay silencio en la tarde nublada. Algún trueno suena en las lejanías. El cronista pide al viento le acerque la nube tonante a donde él está, y afina el oído para que escuche el sagrado sonido del golpeteo de las primeras gotas en el empolvado suelo, ácido y seco desde los mayos de trigos y ababoles. Persiste la fresca brisa, que ondula visillos, como banderas de bando en triunfo, que aumentan, intensifican, dan sentido a las caricias que la piel celebra, propiciadas por el aire nuevo que en ella se posa y resbala.

           Llueve o va a o llover. O ha llovido ya por tierras hermanas. Se esponja el espíritu y se ensancha el alma. Vale.

 

santdo

GLORIAS MUERTAS DE ESPAÑA: EL CAMINO ESPAÑOL

FF

Forte de Fuentes (Norte del Lago de Como)

           En el extremo norte del Lago de Como, duerme el sueño de las glorias muertas el llamado Forte de Fuentes. Lo levantaron los españoles por las mismas fechas en que era editado el Quijote. El Conde de Fuentes, Gobernador de Milán y sobrino del Duque de Alba de entonces, lo mandó levantar allí, donde comienza el Lago y se acaba La Valtelina. El Camino Español o Le Chemin des Espagnoles tenía en este enclave el último punto seguro cuando las tropas iban hacia Bruselas rodeando la Francia de los Cardenales. O, por el contrario, el primer punto seguro cuando el viaje era de vuelta.

           Ganado el Canal de La Mancha por la piratería holandesa, el Emperador tuvo que organizar un camino terrestre que proveyese de tropas a la guerra de Flandes. Una tierra del monarca que se defendía con sangre y dineros españoles. El Primer Camino Español salía desde Milán hacia el Piamonte y ascendía por la Saboya y el Franco-Condado, hasta dar en tierras germanas, antes de arribar a Flandes. Pero los Saboya, al cabo, acertaron el caballo ganador y se aliaron con Francia. Las tropas españolas hubieron de buscar otro itinerario más al oriente, seguro y duradero. Y lo hallaron aquí. Desde Milán, subiendo por Lecco, llegaban los Tercios, a la vera del Lago de Como, a Collico, en cuyas vecindades norteñas desemboca el río Adda, sobre el mismo Lago. La Valtelina es el valle de dicho río, un cauce insólitamente paralelo, y no perpendicular, a la orientación paralela al ecuador de Los Alpes.

           Fuentes, un Azevedo de apellido, levantó sobre uno de los montículos del llano, el más oriental, un formidable castillo defensivo que sirviera de último cobijo a las tropas que partían para cruzar Suiza, parte de Baviera, Alsacia, Lorena y llegaran por fin a Bruselas. Los italianos, en la Gran Guerra alzaron otro en el montículo hermano, que, más alto, se levanta más cerca del Lago, y más alejado de la Valtelina. Hoy se visita como museo patriótico por los italianos. El Forte de Fuentes está cerrado al público, teóricamente por restauración. No pudimos, a la manera en que el pueblo judío acude al Muro de las Lamentaciones, posar nuestra mano en los, de seguro, derruidos muros que levantara Fuentes, y lanzar un rezo por aquellos españoles que en aquel castillo pernoctaban antes de emprender camino hacia Sondrio, siguiente parada en la pesada marcha. Hoy, un impenetrable bosque se adueña por completo del montículo, y, es bien adivinable que las raíces de las hayas, los castaños y los robles han levantado, dejándolos al descubierto, como señal de la gloria muerta que decimos, los cimientos que ordenara soterrar Fuentes. Aun se conserva el apellido como marca comercial por la zona. Dejó prestigio.

           Al otro lado del río Adda, como cierre septentrional del Lago de Como, se extiende el hoy llamado Pian de Spagna, un espacio natural, ayer zona insalubre de pantano e inhabitable charca. Las aves y las más apreciadas especies vegetales tienen hoy allí un paraíso, amparado por el nombre de España. La Valtelina, ancha al principio, se cierra en Sondrio según se sube hacia el nacimiento del río, adelantando el paisaje suizo que espera de inmediato. Los españoles pusieron las bases de la Intendencia Militar moderna, con este camino. Un grupo de adelantados hacía previamente el trayecto, fijando los precios y los proveedores de la manutención de la tropa que semanas después pasaría. Y lo hacían con una precisión y eficacia que hoy asombra. De aquí viene la famosa expresión “Poner una pica en Flandes”, por el dinero que costaba a los españoles plantar un ejército de “piqueros” en Bruselas, gastado en la manutención de los ejércitos enviados a Milán desde Barcelona, Génova o Nápoles.

           Una soldadesca de italianos, españoles, aventureros mil, al mando de algún Farnesio, se agruparían en la Fortaleza Sforzesca, y en unos 50 ó 60 días, se encontraban formando en la Grand Platz de Bruselas. De ahí al frente contra los holandeses. Entre el centro de Milán y el de Bruselas, pues, se abría este camino que siempre podía dar la sorpresa por cambio de alianza del Señor de la tierra que pisaban. Pero, no dejemos de lado el miedo que seguramente, 1000 ó 2000 soldados deberían producir por donde pasaran.

           En Sondrio, capital de la Valtelina, comimos en un pequeño restaurante, denominado Venecia, que ocupaba los bajos de un caserón de tres pisos, de finales del XVII, ornamentado con pintura al fresco. Un San Gervasio, ya muy despintado, guardaba la esquina que recibía a los que cruzaban un puente sobre un torrente deudor del Adda. Un San Gervasio, milanés que fuera mártir de Nerón, que nos aseguraba estar en tierra católica todavía. Más allá, en Tirano, el camino volvía a orientarse hacia el norte, y la asechanza reformista podía resolverse en emboscada, escaramuza o claro enfrentamiento a la postre, en los que cualquiera de los marchadores podría morir, a pesar de que el grueso de la tropa prosiguiese hasta la Flandes católica.

           De todas maneras, no dejamos de sentir cierta solidaria emoción con aquellos españoles que poco más pensaban que en sobrevivir, eso sí, cumpliendo con lo que se les había dicho acerca de lo que era su deber para con el Emperador y para con la Fe Católica. Nada más. Nada menos. Requiescant in pace. Vale.

santdo

UN BEL MORIRE…

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           Retomo esta frase de Petrarca para título de un cuento mío,  e indago en el verso al completo del que lo he extraído. Se trata del final de una estrofa de una larga canción, cómo no, dedicada a Laura. Google me ayuda a encontrar el texto entero. Y tras ver tres traducciones de la estrofa, encuentro que ninguna me satisface, y decido hacer la mía. La mía, que no es una traducción, sino una traslación, algo de mucho más amplio sentido filológico.

           El verso entero reza: Ch´un bel morir tutta una vita onora, en toscano antiguo de Petrarca. Lo primero que me encuentro es la brutal elipsis continuada del poeta italiano. Reminiscencia  sin duda de aquel trovar clus de los provenzales, de los cuales él proviene, de cerca o de lejos. Y concluyo que mi versión eludirá las elipsis. Antes al contrario, las esclarecerá. Lo escribiré –me dije-  en un estilo llano, extenso, fluido; a la manera moderna de la poesía española. O de una tendencia de la moderna poesía española.

           El resultado me ha placido lo suficiente como para traerlo al blog. Petrarca significa como un vivir sin honor, vivir cantando la continua queja del desdén de Laura. Ahora bien, si consigue morir de amor, traspasado por la flecha de Cupido, sin emitir lamento alguno de dolor… entonces, habrá restañado toda una vida de sollozo amatorio.

           Ahora bien, los poetas, los autores, no son dueños de la fortuna que adquieren sus escritos, parciales o completos. La frase Un bel morir tutta una vita onora ha servido para explicar muchas actuaciones que distan mucho de aparecer en el contexto en que Petrarca la utilizó. Por eso son clásicos. La fortuna dispuso de sus escritos, mucho más allá de sus intenciones. Por ejemplo, mi cuento. Una cosa que se pensaba de cuatro o cinco folios, y resultó de veinticinco.

           He aquí lo escrito por Petrarca. Reconozco que no sé si la hache de honora fue escrita por el poeta o es añadidura de otros.

Chi nol sa di ch’io vivo, et vissi sempre,
dal dí che ‘n prima que’ belli occhi vidi,
che mi fecer cangiar vita et costume?
Per cercar terra et mar da tutti lidi,
chi pò saver tutte l’umane tempre?
L’un vive, ecco, d’odor, là sul gran fiume;
io qui di foco et lume
queto i frali et famelici miei spirti.
Amor, et vo’ ben dirti,
disconvensi a signor l’esser sí parco.
Tu ài li strali et l’arco:
fa’ di tua man, non pur bramand’io mora,
ch’un bel morir tutta la vita honora.

           He aquí mi versión:

 Nadie podrá saber de qué me he mantenido,

desde aquella vez que sus ojos viera,

que me hicieron cambiar vida y costumbres.

 Aunque se busque por toda la Tierra,

¿quién puede saberlo  todo de todos los hombres…?

 Algunos hay, incluso,  alguna vez leyera,

que se alimentan tan sólo de los aromáticos efluvios,

del gran río que habitan en su ribera.

 Más raro yo, que de fuego y lumbre transcurro,

y que hago ayunar, sin amor,  a mi hambriento espíritu,

para darle a comer, piadoso, el hielo que calma  

                                                                                          [hoguera…

 Amor, escucha lo que quiero decirte:

deja ya de ser  tan cruel y avaro conmigo.

Tú posees el arco y las flechas.

¡Dame con tu propia mano la muerte,

sin que yo quejándome a gritos  muera,

que un morir hermoso,  puede honrar la vida entera!

santdo

CEMENTERIO DE COCHES

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            En uno de tantos viajes por carretera de este verano, he pasado varias veces por un cementerio de coches. Ahora se llaman desguaces. Lástima. Cementerio tiene un algo humano, que el tecnicismo desguaces no tiene. Y es que, con la difusión del coche, vino, ay, su deshumanización. Pero, al principio, aquello se llamaba eso: cementerio de coches. Arrabal escribió una obra de teatro con ese título. Pero ahora, ya no se llaman así.

            Y he vuelto a ver a los coches unos encima de otros. Y nunca me es indiferente. En cada coche de esos yacen montones de ilusiones y desilusiones. Pero a mí se representan aquellas primeras de cuando se estrenó el coche. Es incomparable la ocasión en que estrenamos coche, sobre todo hace algún tiempo. El ruido, novedoso; el tacto del volante, casi erótico; el olor, lo más unido a la sensación de estreno; la tecnología, insólita para nosotros… Y la alegría colectiva de la familia que ocupa los asientos por primera vez. Todas estas cosas fueron, siempre, para todos –por lo menos hasta diez años atrás- una ocasión memorable. Ocasión que, sin embargo, no sirve para fijar fecha. Los coches nunca tuvieron cumpleaños. Pero dieron felicidad. Luego, algunos, por desgracia, produjeron infortunio y llanto. Pero todos –todos- tuvieron ese primer día maravilloso de gozo y plenitud.

            Ahora son los muertos insepultos de un cementerio sin tumbas, donde los cadáveres se amontonan mutilados, ante la indiferencia de quienes pasan a velocidad a unos metros de distancia. Acaso algún coche nuestro se halle entre esos que digo, alguna vez. Y él nos presienta, y sienta vibrar algo de lo que nos hizo sentir en aquella fecha ida.

            No es dado rezar por los coches muertos en su camposanto de chatarra y herrumbre. Pero ese memento instantáneo que yo siento cada vez que veo esos coches que ya nunca rodarán… se parece mucho, os lo aseguro, a una oración. Un brindis por aquel día –que todos tuvieron- de primera vez. Cada uno distinto y todos iguales en la intensidad de ilusión. Más que colección de hierros oxidados, a mí me parecen testimonio de una felicidad pasada, que nadie quiere escuchar; pero que yo presiento grandemente. La felicidad del primer día de coche nuevo. Entre las felicidades pequeñas, quizás una de las más grandes. Vale.

santdo

NOCHE CÓSMICA EN COMO

estrellas

 

 Si venís a Como,
acudid al puerto
que límite y fondo
concede al Lago.
 
 Aguardad la noche.
Y, entonces, cuando la oscuridad
confunda los perfiles de las montañas
que cierran vuestra vista por enfrente,
y, también, casi a la vez,
se enciendan las luces de las casa en los montes,
al tiempo que van surgiendo las estrellas por lo alto…
entonces, creedme, podréis haceros, sin esfuerzo,
fácilmente, a la idea de que son una sola cosa ambas luces,
las de arriba y las de abajo.
 
 Y una sola oscuridad la que de vuestros pies al infinito
se abre abismal y solemne.
 
 Es el puerto entonces,
como un balcón al Universo.
Y vuestros ojos,
náufragos son del Cosmos.
 
 Contempladlo todo y en nada penséis,
salvo en sentiros una lucecita más
del inmenso escenario
del gran teatro de la noche sideral.

 

                         13-08-09

 

santdo

PARK HYATT. MILANO. AGOSTO, 15,30 P.M.

PHMilano

 

 En Milán, con gusto os invito,

detrás de la Galería Vittorio Emanuele II,

-tan cerca del Duomo-

cómo no, a un capuccino.

 Allí, junto a la multitud cercana

del entechado de cristal,

labrados muros de artificio

y ornada estatuaria de dioses y de mitos.

 En taza de porcelana con dorado filo,

y bandeja de pastas, chocolate y barquillos.

 Los camareros, de corbata,

plenos de exquisita atención y estilo.

 Paz junto al tumulto inmediato

de turista y bullicio.

 Hora y media estuve allí

a solas conmigo mismo,

dormitando, soñando,

repasando y perfeccionando en la memoria

los versos y las páginas

de este mismo libro que ahora escribo.

 Park Hyatt se llama el milagro.

Allí os espero. Acudid sin prisas.

 Si no estoy, ya sabéis…

Recordad este poema

mientras os traen el capuccino.

 Reposad después y marchaos.

 Olvidad que allí estuvisteis nunca…

hasta que vuestro espíritu, convulso,

precise de nuevo,

el llano inane de lo inefable y tranquilo.

santdo

MUERTE ESTULTA DE DON PEDRO DE ESTUPIÑÁN Y VIRUÉS

pESTUPIÑÁN 

            Transcurría el verano de 1516, aún era rey de España Fernando el Católico, viudo de Isabel, bien que la unidad del tanto monta / monta tanto ya no era lo que había sido en tiempos. Don Pedro de Estupiñán y Virués, conquistador de Melilla, moría en el Monasterio de Guadalupe, a causa de una indigestión súbita, causada, seguramente, por un pequeño atracón inesperado de melón. Es el melón traicionera cucurbitácea, que, en determinadas condiciones, puede matar, como fue el caso de Estupiñán. “El melón, por la mañana es oro, a mediodía plata, y por la noche mata”, dice el refrán, refrán que, por cierto, es aplicado en algún que otro alimento. Don Pedro, que casi 20 años atrás había conquistado Melilla, para su señor de entonces, el Guzmán que ostentaba la Casa de Medina Sidonia, estaba aquel día ya al servicio directo del Rey. Había sido nombrado Adelantado de Indias, con sede en Santo Domingo. Por tal motivo, y debido a alguna vinculación piadosa a la Virgen de Guadalupe, acudió al santuario extremeño en acción de gracias. Y, como decimos, era verano…

            Don Pedro, sudoroso como correspondía a los hábitos vestimentales del momento, no debería andar muy fresco de ropa. Podemos imaginarlo sudando, acaso barbudo, y ya algo mayor; sobre todo para la época. La Historia lo cuenta tal cual. No da noticia de por qué iba solo el noble jerezano. Y, dado que sabemos del calor que reinaba en aquellos precisos momentos del día de autos, podemos imaginárnoslos cercanos, bien anteriores, bien posteriores, al mismo mediodía.

            Don Pedro se ha sentado, acuciado por la canícula. ¿En un poyete de umbría en Guadalupe, en un tocón de árbol a la intemperie? La Crónica no está atenta a tales pormenores, que deja siempre a la novela histórica. En la escena, Don Pedro no está solo. En su segundo acto, acierta a pasar por allí un plebeyo. Truhán o habitante de la villa, tampoco lo dice el escrito. No anda desocupado. En sus brazos porta un melón. ¿Lo habría robado? ¿Era suyo y volvía de su huerta con el postre del día? Nada de esto importa a los cánones de la Crónica, y nada, por consiguiente, nos dicen de ello. Y como buen español del montón desde hace tanto tiempo hasta hace tan relativamente poco, porta una buena faca en la cintura.

            -Buen hombre –le diría el Adelantado, al que suponemos amable y comedido aunque noble- ¿me darías una tajada de ese melón, que estoy sediento?

            El aludido, pasmado de ver que un Grande de España le requiere, ni corto, ni perezoso, desenvaina la cabritera, la abre, la limpia en su mugrienta manta de camino –deferencia hacia el Prócer- y con maestría, acaso apoyando en su alzado muslo el preciado tesoro, lo raja, y procede con no menor maestría, a tajarle una media luna de rica agua dulce melonera al Usía. Aclaremos que, verano o no verano, los majos españoles siempre portaron manta al hombro, como aditamento defensivo en la siniestra, mientras en la diestra esgrimían la albaceteña.

            Con un gesto de educada aquiescencia, el descendiente de godos le coge la ofrenda y la engulle, supongamos -en su honor- que a ojos cerrados para mayor deleite suyo.

            Ya mira con gozo el melonero el placer gustativo del noble, cuando éste comienza a sentir los efectos que el melón puede causar cuando no se ingiere debidamente. Con el cuerpo alterado por la calor, el melón colaboró según las leyes bioquímicas a las que fuera asignado desde la Creación, paralizando por completo el intestino de Estupiñán. De allí al poco la cosa acabó en muerte. Descanse en paz.

            Al pobre fulano generoso, que abrió su melón para Don Pedro, no le debieron ir muy bien las cosas, ya que algún documento que otro alude al envenenamiento para explicar el óbito del Conquistador de Melilla. Por cierto, algún cronista dice que no hubo tal conquista, que el Peñón estaba deshabitado cuando desembarcó, y que así estaba previsto cuando embarcara en San Lucar tres días antes. Sic transit gloria mundi. Amen. Vale.

santdo

MEDIA LUNA CRECIENTE, AMENES DE JULIO

MDC

           

            Hay media luna, creciente, en estos amenes de Julio. Sale por el oriente marino occidental, y se mete, agrandada, por el sur caído a occidente, cual media pelota que botara por el cielo, vagando desde la pared del confín donde chocara, buscando rebotar de nuevo, como aquellas pelotitas de los salvapantallas de cuando la prehistoria de los ordenadores. Es medio veraneo y es media luna. Todo es medio, mitad ahora, casi Agosto ya. Medio año también es. O la vida misma, que siempre está a medio, aunque un día estará en final. Mientras hay mitades, hay vida. Por eso, la media luna creciente es vida. Algo inacabado.

La veo flotar en el cielo, ya celada por las nubes, ya libre, mostrando sus cicatrices de vida, sus cráteres, que son su personalidad. Nosotros, los humanos, escondemos los cráteres que la vida infiere. O sólo los mostramos a algunos. La luna los muestra a todo el que la quiera mirar. Y son bellos. Mucho más bellos que alguna supuesta lisura que no sé qué circunstancia cósmica le permitiera tener, que la protegiera de los meteroritos y otros impactos celestes.

Sí, es la vela de un barco que sólo tiene perfiles, no volúmenes, y que no vemos porque los esconde la oscuridad. La media luna creciente es la vela en través de un barco nocturno, que vigila los cielos de piratas y bucaneros, que los hay, entre las estrellas y los astros, los cometas y los agujeros negros. Es la patrulla de la noche. Todo, a su paso, calla y aquieta. Ordena silencio y calma la media luna llena. Es como la heraldo de su hermana, la luna llena, que ya no es heraldo, sino Dama de
la Noche.

            Pero ahora sigue siendo la patrulla nocturna del mar, que hace ronda por este hemisferio, pidiendo a las estrellas el santo y seña. A bordo de la nave, en bajo de la vela, perfiladamente invisible, va un capitán, ataviado a la federica, de blanca peluca y tricornio de primor. Y porta un catalejo, con el que otea el cosmos que viene por delante. De vez en cuando, tira de las drizas y endereza el rumbo, que la marea cuántica desvía.

            Si aprestáis el oído bien podéis escuchar el fragor del velero surcando los sutiles fluidos del éter, y al viento magnético inflar la impar vela de la media luna creciente. Vale.

santdo

POEMA DE MAR EN ALBORÁN

E

 

  Atravieso el Mar de Alborán

en un ferry,

desde Melilla hasta Almería.

  Por la borda de estribor

se ve la mar rizada,

con blancas espumillas

que parecen alejarse del Atlántico.

  Los dos azules, el hondo de la mar,

y el claro de los cielos,

me hacen ambos, juntamente, compañía

  El tórrido sol del verano

y del poniente la fresca brisa,

componen una estampa viva,

que le sirven de ventanal

de par en par abierto,

al alma en tránsito mía.

  De vez en cuando,

agua hendida por la proa

hasta mi rostro sorprendido salpica.

  Asomado al mundo así,

con las manos sobre el alféizar

de esta ventana marina

contemplo esta metáfora

de la libertad y de la vida,

que es el mar abierto

de horizonte y lejanía.

  He visto delfines

que se sumerjen a proa,

jugando a pasar bajo la quilla.

Y he visto a la bruma

convertirse en quebrados perfiles

de costa y serranía.

  Me he sentido bien,

contemplando la estela

que el barco, por su popa,

sobre la mar dejando iba,

como largo velo de novia,

ornado con primores de encajes,

y labrado en bordados y puntillas.

  Novia feliz era la nave,

Novio aguerrido el oleaje.

Testigo era yo.

Oficiaba, serena, la Poesía.

santdo

DESGLORIA Y MALHABIENCIA DEL MORATO ARRÁEZ

            Fausilla

Pico del Moro, en la Sierra de la Fausilla, al final del desfiladero de El Gorguel, con los supuestos perfiles del Morato Arráez (el círculo blanco es el ojo, a su derecha, el turbante; hacia la izquierda, resto de la figura)

            ¡Desgloria haya y malhabiencia tenga por siempre el Morato Arráez! Había nacido cristiano en Albania, tierra por frente de la ítala en el Adriático. Y por más convenir a su espíritu desleal, hízose moro en Argel, sirviendo al demonio Barbarroja, que Dios pusiera en el mundo para castigo de españoles y católicos. Discen lenguas que llegó este Barbarroja a facer monte con cinco mil cabezas de españoles que tomó cautivos en guerras navales habidas en Berbería. Morato abrazó a Mahoma, y asentóse en Salé, ese puerto berberisco que al Océano toca que no al Mar de Roma. Y desde allí, al mando de cientos de otros renegados y aun naturales de lugar, surcaba al corso los mares todos, desde su rada atlántica hasta las islas mediterráneas de Aragón. 

            Y acá en la cartagenera costa, primera cristiana en España y aun en Europa, por gracia de Santiago Zebedeo, dio en la costumbre de fondear para hacer aguada, carnaje, maderas y esclavío en las buenas gentes de la comarca del Rincón de San Ginés. En una dellas, llevóse a mi padre, que había ido hasta La Fausilla, de labrantín, que era villa con huerta y establo, desde los tiempos romanos, que le dieron nombre. Fausilla era nombre de sierra, mas el caserío alzado en su falda, se regaba con las aguas de un arroyuelo que bajaba del que llamaban Pico del Moro. Y que es una cumbre que señala las formas de rostro de un árabe, justo en la cima de La Fausilla. Un rostro acostado, que posee turbante, ojo horadado en bajo de frente, nariz, labios, barbilla, y aun perilla, como era de uso de los caballeros zenetes del antiguo reino moro de Granada.Y que pienso ahora no sea la faz misma del Morato Arráez, que si no fuera porque mis mayores dixeron siempre que tal figura estaba allí desde los tiempos del César Carlos, y aun antes, dixera yo que eran los perfiles del malvado Morato Arráez que perpetuarse quiso ante las gentes que tanto y tanto fizo sofrir.

            Morato Arráez esta vez no aguó en Portmán. Fondeó sus barcos en Calblanque, y con otros 500 hombres sin nación, bordeó el Cabezo de la Fuente. Contempló la costa del Bélich o Mar Menor, y comprobó a la vista que los españoles habían fortificado la Torre del Rame o del Ballestero, en la llanura marina.

            Determinóse entonces, por ver el llano protegido, de seguir hacia Atamaría y Portmán, que bien conocía de otras veces. Fizo estrago en los pocos vecinos de la aldea de pescadores, y tras matar pastores y llevar ganado de cabra y oveja, subió por los montes que los antiguos fenicios habían horadado para minar y fazer plata y otras riquezas de lo hondo. E que, discen libros, era llevada a la mesma Jerusalén, para el Templo del Rey Salomón de los Judíos.

            Ansí, Morato Arráez luego bajó por la rambla que llega a la mar en la ensenada de Escombreras, que toma el nombre de
la Isla que el puerto de Cartagena resguarda de Levante, e que llamada era antes de Hércules por creerse que allí moró el falso dios de los griegos cuando vino a la Bética para lidiar con el rey Gerión, pastor de toros. Aquesta rambla se encauza entre dos sierras que la esconden hasta casi desembocar en la bahía misma de la ciudad que Mastia dijeran antiguos, y que es la más anciana de todo el español reino. Atravesó El Gorguel, donde pasó a cuchillo a las familias que allí acaescían, de su mala fortuna, tomando caracoles, pues era Octubre y había llovido los días de antes, y siguió rambla abajo hasta ver los adobes e texado de
La Fausilla, sobre un altozano encima de la cada vez más ancha rambla, altozano previo a la mole primera que guarda a levante el puerto de Cartagena. Allí fue cautivo mi padre, al que ya no volví a ver. Asaz pequeño era yo, e non recuerdo nada dél, salvo lo que mi madre me contara una y otra vez entre lágrimas.

            Dicen que anduvo la sierra más de diez días, y que no estando apercibida tropa en Cartagena, y sin servicio las galeotas del rey, llegó hasta mi lugar y aldea de Los Alumbres, desde donde ya se divisa la llanura del Campo de Cartagena y las sierras de Murcia.

            En algún lugar de preferencia atroz del averno, se halle ahora su alma doble de renegado y apóstata. Y que el Cielo me dé a mí la gracia de perdonarlo, para que, a mi vez, pueda yo salvarme, que no hay paraíso para quien no ejerce hacia otros, lo que Dios Nuestro Señor hizo con nosotros mismos. Amén. (Vale).

           

santdo

PARÍS BIEN VALE UN CAFÉ

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  Hoy quiero imaginarme en París.

Sentado en los Campos Elíseos,

con el Arco del Triunfo en perspectiva.

A mi derecha preferentemente, si me lo permitís.

 

En una terraza, con un café y un perrier.

 

  Hay un acordeonista de atrezzo,

y una edithpiaff de guardarropía

cantando “non, je ne regrette rien”.

Y pienso que yo seré también,

para los demás, un personaje escénico.

Voy solo, fumo en pipa, uso gafas

y anoto cosas en un libro

con hojas en blanco de tapas negras.

Un sombrero panamá y un cuidado abandono

hacen de mí un escritor bohemio,

pero muy contenido.

En la silla de al lado yace breve mochila,

apenas abultada. Y, ya conocéis,

mi torpe aliño etcétera…

Por demás encanecida y breve,

uso barba pobre, correcta y descuidada.

 

 

Otoño será, y no me arrepiento.

Últimos de Octubre,

probablemente por la tarde.

El sol estará a punto de ocultarse

no sé por dónde.

Y las frondas amarillean por doquier.

Por aquí y por allá,

el glamour de alguien famoso

excita las miradas de los turistas,

que se dan en el codo,

casi señalando, y cuchicheando entre sí.

 

El cuerpo me dice

que hay felicidad climática,

y, mientras pintarrajeo

el bodegón urbano del café

la cucharilla, el servilletero

y la botellita medio vacía,

sostenidos por un endecasílabo:

 

-París, con un café: nada más quiero-

 

doy en conceder que si hay cosas

bien pensadas en este mundo

por el ser humano,

una de ellas ha de ser ésta…

la de imaginarse, digo,

allá en los Campos Elíseos

un atardecer de octubre,

en el que será muy hermoso

no pensar, ni querer,

y sentirse parte consciente

del gran teatro del mundo.

 

Con un papel de figurante,

salir a escena, decir tu frase,

y hacer mutis sencillamente….

dejando luego que la gloria,

de otros orne las sienes

con los inmortales laureles

de que está hecha la posteridad.

 

A mí, os repito,

me basta París, con un café

y una libreta en donde

escribir y dibujar.

Nada más, eso es todo.

 

Ah, no, se me olvidaba:

hay una silla vacía

por si pasáis por mi ensueño,

y os apetece un café,

conversación poca

y todo el encanto

de un atardecer de otoño,

en París, en el boulevard

des Champs Elysées…

santdo

OLOR A TIERRA MOJADA

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            Llegan noticias de las primeras tormentas de verano por el interior. Y allá donde no haya causado estrago, la lluvia habrá sido eso: lluvia, y habrá hecho brotar del suelo virgen, el universalmente plácido olor de la tierra mojada. Y a mí, urbanita por mor del destino disfrazado de voluntad mía, me entra una nostalgia profunda de cuando fui, efímeramente, habitante del campo.

            El olor a tierra mojada es como un beso de la madre común de todos, la Tierra. Un beso que subiera hasta nuestras pituitarias impelido por esa misteriosa física de las partículas liberadas de la gleba, precisamente la que más agrada a la química de nuestro órgano olfativo. Y así, nos sentimos hijos suyos de nuevo, y no arrullamos al abrazo cálido de ese olor que no nos abandona, con tal de que no dejemos de pisar el terreno.

            Quién sabe en qué recoveco del Magno Proyecto de la Creación, o del Formidable Azar de la Naturaleza para otros, se dispuso este pequeño gran acierto de la existencia de la tierra mojada y de su olor inherente. Olor, que no aroma ni perfume. Aroma o perfume, sentidos son de otros amores, que no los materno-filiales. Hay una castidad medular, nuclear, en el olor a tierra mojada, que aumenta si en verano acaece. Es para todos, y a todos abraza, y a todos gusta. Es, dicho quedó, el abrazo de nuestra madre. Un abrazo que nos hace niños de cuna, que precisan mimos, canciones a media voz y juegos elementales para ser entretenidos.

            Cómo ansiaría recordar la primera vez que olí a tierra mojada, pues siempre es única, la vez primera, que no las demás. Pero ya el tiempo se me come los recuerdos, y apenas va dejando recuerdos de haber recordado verazmente. Y ahora, noticia sólo tengo de que, por algún paraje del Altiplano ha debido oler a tierra mojada todo un día…  Ya no es recuerdo de olor: noticia sólo es. Pero no importa, bástame saber que el hecho se ha producido, y me alegro con los que allá, por cualquier parte donde haya llovido, hay gentes sencilla y libres, que han dado en recibir de nuevo el beso hermoso de

la Madre Tierra. Qué importa que yo no sea uno de los besados. Algún día, cuando mi sabiduría llegue a saber lo que vale la pena de verdad, volveré a donde llueve, y se inunda el aire de olor a tierra mojada. Vale.

 

santdo

ESBOZOS DE SALZILLO

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             Acudo a la ampliación del Museo Salzillo, y me integro en la cola que acompaña al Presidente en la visita inicial. Subimos por los laberintos del enclave, y llegamos al deambulatorio alto del templo-museo. Allí, los elementos de la Cofradía de Jesús museables. Lo más impactante viene en la sala donde están los bocetos del genio o de su taller. Es lo que más me emociona. El barro cocido, donde la creación del artista pasa por primera vez de la cabeza a la materia. El barro tiene una nobleza que luego, en la talla definitiva, torna aristocracia. La nobleza es humilde y veraz. La estatuaria como obra terminada tiene ya, necesariamente, mucho de espectáculo. Su resonancia es otra. En el barro cocido estuvieron los dedos creadores del genio, modelando, limando, acariciando… En la estatua entregada ha mediado la espátula, el cincel…

            Y por eso, ante el barro, me emociono. El ser humano comenzó a modelar con el barro, con la arcilla, al ver que sus manos dejaban huella tridimensional sobre aquella materia maravillosamente moldeable. Además, las manos fijan ese tamaño perfecto de objeto que lo que dominamos requiere: una dimensionalidad adecuada para tomar entre las manos. Y me muero de ganas de poseer esa capacidad que las películas modernas de falsa fantasía imaginan de traspasar la materia, y llegar a tocar las estatuillas, y acariciarlas, y acercarlas a la mirada. Y gozar sus imperfecciones, que no son sino muestras de esa magia que sólo tiene el boceto, y que en la obra realizada se ha convertido en perfección, esa simpleza que tanto gusta.

            Ante el boceto nuestra sensibilidad inteligente pone lo que falta, partiendo del regusto de estar ante el patrón magistral labrado por el genio. Yo había visto el boceto de San Ignacio, que quedó sin hacer por la expulsión de los Jesuitas. Y ya sentí esa emoción que canto ahora. Y que es tener ante sí una eternidad finita para ver estos bocetos, donde duerme el sueño de la gestación, la obra de arte maestra. Y vemos aún el barro primigenio, pero entrevemos todo el significado del acabado. Y entendemos que el Arte es algo que se aumenta y se añade a la Creación. Nada es el barro, todo lo es la figura de catálogo, pero sólo algo, nada más y nada menos que algo, es ese boceto que las manos de nuestros ojos acarician sin cesar. Vale.


santdo

VERANO Y SOLEDAD

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       El libro del verano tiene unas páginas de soledad. No son muy espectaculares, pero son. Nos despedimos de los compañeros de trabajo, y de los vecinos. Algo de nuestro entorno cambia, y por ello, nosotros cambiamos también. De pronto, dejamos de ver esos espejos que son los rostros de siempre, y en los que nos miramos sin saber que nos miramos. Y hallamos otros, que no nos dan, en principio, su clave para descifrarnos. El calor es una llave de portalón antiguo, que abrimos poco a poco, con aprensión. Hemos dejado un camino transitado, con gentes que van y vienen, y se cruzan y nos adelantan y que adelantamos… Y llegamos a una venta o castillo, como Don Quijote, donde la sorpresa puede saltar, pero, en principio, nada desconocemos. Y sucede que echamos de menos a la gente del camino, de nuestro camino.

           El verano es un remanso del río, un prado verde para la romería, como aquella de Gonzalo de Berceo. Lo esencial del río, del peregrinaje… no es la parada. Es el andar. Y el verano es un detenerse. Y detenerse es la soledad. No tenemos más espejo que nuestra conciencia. Y con ella, a solas, nos sentimos solos. Yo no sé si canto bien a esta soledad que digo. Pero sí sé que es ella la que me escoge a mí para ser cantada en esta prosa quebrada que me lleva por los caminos de la metáfora y el símbolo.

           Hay un encontrarse con uno mismo en el verano. Aunque, seguramente, haya quien no lo experimenta. Veo yerro en el buscar aglomeración y multitud en el estío. Compañía, gente nueva con la que compartimos, sí, espacio, momento… pero que no son nuestras gentes, las que nos hacen ser lo que somos. Y no lo que impostamos. En el verano, nos impostamos más que nunca. Huimos de la ontología personal de nuestro yo.

           Pero las cosas que pasan suelen ser sabias. Y debe estar bien que así sea. Acaso necesita ese yo raíz del invierno, un descanso, una pausa para fortalecerse, como el ayuno para el asceta. Qué sé yo… Un rigor de alienación, un pulso de extrañeza, una implosión de otredad. Y quizás sea mejor obedecer a este mandato leve de soledad estival, y no indagar, no inquirir en su porqué. Y dejar al remanso que se remanse, y dejar al prado verde que se emprade verdemente.

           El verano, sí, es una de las casas de la soledad. Vale.

santdo

SIGNIFICADOS

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Todas las cosas significan algo.

 

Aun las que nada significan,

en el fondo,

siempre significan algo.

Un objeto,

un paisaje,

un reloj y un cuadro.

 

Lo que sí hay

son gentes

que no saben

que las cosas significan algo.

 

A veces,

yo quisiera ser de esas gentes

que ignoran

que todas las cosas significan algo.

 

Y ser feliz

como ellos,

inconscientes y primarios.

 

Pero, siempre,

al final,

acabo diciendo que sí,

que es mejor,

saber que las cosas significan algo.

 

Y no pasar por la vida,

ignorando

que todo significa siempre algo.

 

Los significados están ahí.

y claman

por lo que ellos mismos son,

desde las cosas que observamos.

 

Aunque, muchas veces,

claman las cosas

por lo que nosotros mismos,

sobre ellas proyectamos

santdo

EL POEMA DEL REY SISEBUTO

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A principios de siglo VII, reinaba en Hispania, Sisebuto. Hispania seguía siendo tierra romana. Unos seis millones de hispano-romanos compartían con menos de 250.000 visigodos el territorio peninsular. Los germanos hablaban latín, y se vestían ya con la indumentaria romana, fuertemente influida por los bizantinos del sureste. Sisebuto fue hombre de letras, de armas y perseguidor de judíos. Fue amigo de San Isidoro, y éste le visitó en Toledo varias veces, y, por cierto, no le secundaba en esta última empresa. Resultado de esas visitas fue una obra del hispalense titulada De Natura Rerum, obra de carácter científico. Sisebuto le respondió con un poema de 61 hexámetros latinos, comnocido como Epistula Sisebuti, en donde, en parte para atacar la superstición, en parte para estar a la altura científica de su amigo, y en parte para dejar constancia a la posteridad de su afición letrada, trató de los eclipses de luna y de sol que hubo al principio, y aun antes de su reinado. Sisebuto es ptolemaico, esto es, cree en la esfericidad de la Tierra, pero la supone en el centro del universo, con el sol girando en torno a ella.

           El texto, lo he encontrado en esta dirección de Internet, en donde hay enlace a la versión francesa, de donde lo he trasladado al español, en versión libre, prosificada, naturalmente.

http://astronomicum.blogspot.com/2009/05/el-poema-astronomicum-del-rey-sisebuto.html 

ASTRONOMICON (POEMA DEL REY SISEBUTO reg. 612-621)

           Acaso suceda que tú[1], tendido en lo profundo de algún bosque sagrado, estés escribiendo, por casualidad,  nuevos versos. Quién sabe si te hallas en medio de las rumorosas fuentes y de las harmoniosas brisas y refrescas así tu alma  en las fuentes divinas de Pierio [2].

           Pero, a nosotros, el peso de los enojosos asuntos nos abruma. Nos, no escuchamos sino el ruido importuno del hierro y los gritos de millares de soldados. Las arengas de los generales nos enardecen, y  en el foro resuenan los clamores de guerra. Las trompetas suenan y conseguimos volar más allá del Océano[3]. El vascón desde las nieves y el cántabro en sus montañas, no nos dejan ningún reposo[4]. ¡Y es, precisamente, a Nos, a quien se nos ordena ceñir con los laureles de Febo[5] nuestra frente y trenzar, para Nos también, una corona de yedra aún más augusta![6] ¡Y es a Nos, a quien se llama para surcar con nuestras alas el aire inflamado!

           El elefante, aunque tenga el andar pesado, adelantará en la carrera a las águilas de ligeras alas. La tortuga, torpe y gruesa, ganará al perro en velocidad, antes de que nuestros versos puedan elevarse hasta Febo, oh madre del beneficioso rocío[7].

           Empero, sacudiéndome el peso que me encorva hacia la tierra[8], diré por qué un círculo negro se forma sobre la imagen borrosa del Astro[9].  Por qué su frente de nieve se enrojece a causa de un tinte púrpura. No, no se trata, como cree el vulgo, de una hechicera que, gritando histérica desde las oscuras profundidades de las cavernas infernales, haya arrancado a la Luna de sus moradas celestes[10]. No, la fuerza de un encantamiento nocturno… nunca fue suficiente para hacerla equivocarse por el sonido de la trompeta. En medio del  cielo, y rodeada por las regiones donde la calma es tan a menudo turbada por la tempestad,  ella continúa ajena a los ultrajes. Pero, cuando el ancho cuerpo de la tierra, colocado en el centro del Universo[11], intercepta los rayos del Sol, su hermano, entonces… una sombra densa se extiende sobre el pálido disco de la luna, hasta que ésta, liberándose de las tinieblas proyectadas por las rugosidades[12] terráqueas, rueda en libertad por otras partes del campo celeste y recupera los rayos de Febo.

           Es plausible que no se sorprenda nadie de que el sol, nueve veces más grande[13] y más visible que el globo de la Tierra, no envuelva a este globo en una capa de luz. He aquí la razón. Ved cómo el Sol se eleva, llegando a la bóveda resplandeciente de los cielos, y ved también cómo desde lo más alto de su carro, cubre con sus rayos la masa enorme dela Tierra. Entonces, sea porque él lanza la luz desde el cenit, sea porque él lo envía oblicuamente, raseando el horizonte, la Tierra refleja una parte de estos rayos. Los otros, al no encontrar ninguna porción de globo que se oponga a su emisión, se prolongan en la inmensidad del vacío, hasta que, vencidos por la tiniebla, van a morir al infinito. Si, entonces la Luna arrea a sus fornidos caballos[14] hacia las vecindades de la Tierra, no logra recibir ya la luz de su hermano y su pálido rostro se desvanece.

           Pero, ¿por qué es ella el único ser celeste que está sometido a los eclipses? Este hecho no tiene nada de sorprendente. Ella carece de luz que le sea propia. No está calentada sino por los rayos prestados. Cuando ella cae en la vecindad de un cuerpo opaco, ella se convierte en sombra y ya no es iluminada por los fuegos de su ermano.

           Por el contrario, el Coro de los Astros no es en absoluto accesible a las tinieblas. Ellos gozan de un brillo que les es natural. Ellos no le deben nada al sol. Pero… ella es arrastrada en el giro de  la esfera celeste, más alejada que el Sol[15]. Es lo que hace que su disco no sea eclipsado durante seis meses completos[16]. Es lo que hace que él –el Sol- describa en su curso oblicuo una línea sinuosa. Y mientras que la Luna vagabunda sigue los derroteros de su invariable trayectoria, el Sol franquea los obstáculos que se oponen a sus rayos. Él aparta el manto de la noche y lanza hacia su hermana torrentes de luz. Todo esto ocurre por una causa análoga a la que apaga, de repente, en la sombra el resplandor sagrado del Sol. La luna extiende su cuerpo privado de luz entre este astro y la Tierra, y ella intercepta sus rayos antes de que lleguen hasta nosotros.


[1] Ese Tú es San Isidoro de Sevilla, a quien dedicó el poema, a cambio de la dedicatoria de la obra @De rerum Natura” del Obispo de Sevilla.

[2] Pierio, padre de los piérides, Rey de Macedonia.

[3] Hipérbole, para significar el punto de su ardor guerrero.

[4] Sisebuto combatió a los dos pueblos rebeldes, incluso por mar, antes de que sucedieran los eclipses motivo del tema de su composición.

[5] Febo, Apolo, dios de
la Poesía, asimilado al Sol.

[6] Su corona de rey, se vería así más augusta todavía, con la de yedra de la poesía. Es una manera de hacer ver que quien escribe es monarca.

[7] La naturaleza a contraley es un tópico amoroso, en el que el amador despechado asimila el rechazo de su amada a lo más absurdo, que Sisebuto traslada al plano poético

[8] El peso de la guerra, y en general, el que suponen todas las cargas reales.

[9] El Astro, aquí, es
la Luna.

[10] Los eclipses de principio de siglo y los de su reinado hicieron crecer entre el pueblo las supersticiones populares, propias de la paganía, en las trompetas, se decía, poseían el poder de desviar la luna.

[11] Cosmogonía debida a Ptolomeo.

[12] Hace alusión a lo imperfectamente liso de la superficie terrestre, con sus estribaciones y montañas.

[13] En realidad, el sol es, en diámetro, más de cien veces más grande quela Tierra. Sisebuto sigue a Ptolomeo.

[14] Asemeja la luna a la visión mitológica del Sol, un carro tirado por Apolo.

[15] La esfera celeste es la más alta de todas y encierra a todas las demás. La luna obedece al giro de esa esfera.

[16] La esfera terrestre, al ser responsable del giro de
la Luna, hace que los eclipses no duren seis meses: medio año. En el imaginario de Sisebuto,
la Tierra estaría siempre entre el sol y la luna, pero sus movimientos son desacordes, y de ahí la irregularidad de los eclipses.

santdo

BALADA DE LOS RESIDUOS SÓLIDOS

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Sucede a la primera hora de la noche. Muchos vecinos sacan a la calle sus residuos sólidos: una armario viejo, un sillón roto, un ordenador obsoleto, un colchón con manchas pecadoras… Luego, antes de que venga el camión del servicio municipal, llegan los quincalleros y otros agentes humanos de limpieza por libre, y se los llevan. Muchos de ellos encuentran nuevo amo, y nuevas intimidades. ¿Quién sabe?
Son objetos personales, que un día fueron íntimos, y hoy los apartamos. Mientras nadie se los ha llevado, parece que lloran, y muestran, impúdicos, los restos de una privacidad que un día consideramos sagrada. Acaso antes no pasaba eso, y los enseres duraban toda la vida. Más o menos, estamos ante un nuevo costumbrismo urbano. No morimos con nuestros muebles. Les sobrevivimos. Y eso puede que sea traición. Aparte quede, de este planteo, la necesidad de la economía que nos sustenta, de renovar suministros, para que todas las industrias prosperen. Eso es otra cosa. Hablo ahora de esa separación, antes considerada contra natura. La cuna donde nacieron los hijos, la mesilla que tanto supo de nuestros sueños, la mesa camilla, que calentó inviernos, el sofá que vio el cambio de la tele en blanco y negro a color o a tdt… Y tantas y tantas cosas, que cualquiera podríamos seguir enumerando.
La vida moderna impone el abandono de lo viejo y el cambio. Antaño, eso sólo se hacía en la noche de San Juan. Se quemaba lo viejo,posiblemente, para que nadie lo viera, para que ninguno pudiera espiar lo que fue nuestra intimidad, más que los escasos minutos en que se tardaba en enterrarlos en la pira, preparada desde un día antes. Hoy, todos los días pueden ser San Juan. Y sin hogueras. Pasear en la media luz las calles de tantas ciudades se parece mucho a pasear por un cementerio de cadáveres sin enterrar. Por eso, pensamos, nuestros muebles, en casa otra, no serán sino zombies.
Pero también sucede, ay, que pronto los olvidamos. Y descubrimos que no eran nuestra piel. Que no hay piel alguna. Y somos nosotros sólo quienes nosotros somos. Y todo lo demás… ya no es nosotros. No bajéis a la esquina a ver qué ha sido de los muebles y enseres dejados al albur del que llegue. No creo imagen más triste que la de ver a alguien, llevándose lo que creímos ser algún día. Volved después, siempre. Vale.

santdo

DISFRACES

Infinito 

Alma, cerebro,

mente y espíritu…  

Disfraces del yo,

que no existe desnudo,

vienen todos a ser.  

Elija cada cual

entre todos

el disfraz suyo.   

Y descifre con él,  

los hondos y arcanos,

insondables

secretos del mundo.

santdo

EN HOMENAJE A RAFAEL DE LEÓN

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            Escucho tocar la guitarra flamenca a un amigo aficionado. Luego, en casa, doy en leer los versos antologados, de Rafael de León. Y, entre una cosa y otra, me van saliendo estos versillos como de copla, pero que, en el fondo, dicen algo, si se les presta atención. Hablan de la voluntad del querer, como si fuera el querer pajarillo que pudiera ser enjaulado. Un tópico popular, manido si se quiere, pero que ha surgido en mí, libre y auténtico, aunque apadrinado, confesado queda, por una guitarra flamenca y las inmortales letras del Maestro Rafael de León.
Sí, son versos proyectados de otros versos, que no surgen de la vida que refieren. Pero todos los versos son versos, incluso los que no son poesía. Ahí van, pues, en homenaje a la memoria del Maestro. Saludos.

 “Querer quererte…

no es querer”.

Me dices clavando en mí

tus ojos, fijamente.

  Querer no es,

sobre las aguas,

hacer un puente.

  Querer es

atravesar un río,

y que te lleve la corriente.

  No es levantar murallas,

que te defiendan siempre.

  Es sentirte asaltado

y estar esperando

a que alguien venga

a darte muerte.

  No es flor de concurso,

cuidada primorosamente.

  Es, sobre las ruinas

de la voluntad,

surgir una rosa silvestre.

  Es, al sonar

un pellizco de guitarra,

sentir saltar al duende,

y hacer alejarse

al ángel de lo perfecto,

aburrido y solemne.

  Querer es

sentir tus ojos negros

clavados en mí,

como un rejón de muerte,

diciéndome

que no me quieres.

  Y es  buscar las tablas

como el toro ya estoqueado

para doblar las manos,

rindiéndose definitivamente.

“No me digas

que quieres quererme

-escucho que me dices-

que es el querer

cosa que nadie en el mundo

llegar a ser su dueño puede”.

                          

santdo

UNA HISTORIA HOMÓFOBA: FRIEDRICH DER GROSSE Y VON KATTE

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Hans Hermann Von Katte (Georg Lisiewki)

            Una fría mañana de Noviembre, en el Castillo de Kustrin, entonces Prusia, actualmente Polonia, era decapitado en ejecución sumaria, el teniente del ejército prusiano Hans Hermann Von Katte. Transcurría el año 1732. Su delito era haber sido amante del Príncipe Federico, más tarde llamado el Grande, uno de los hombres que hizo de Europa lo que hoy es. Von Katte había sido conocido mujeriego hasta la fecha. Una de sus despechadas nos legó una descripción de hombre poco agraciado, al que afeaban en demasía sus pobladas cejas. El pintor rococó Georg Lisiewki nos legó un retrato suyo, ataviado como oficial de un ejército más parecido al muy anterior de Luis XIV de Francia, que al muy posterior del propio Federico el Grande, el amor de su vida. Von Katte, envuelto en ocres y rubicundeces, parece trasunto mismo del oro en el lienzo.

            Parece ser que el flechazo entre ambos fue inmediato. En 1732, Federico tenía 20 años. Aquel día de Noviembre fue obligado, desde una ventana del castillo-prisión, a presenciar la decapitación de su enamorado. Von Katte fue profunda y sinceramente religioso toda su vida. Cuentan crónicas que las últimas palabras suyas fueron: “Señor Jesucristo…”. Dos años antes, buscando sin duda mejores latitudes para sus amores, habían pretendido ambos fugarse a Inglaterra. Fueron interceptados, y el teniente condenado a una larga pena, por el delito de deserción. Federico Guillermo, el rey de Prusia y padre de Federico, consiguió que la pena fuera conmutada por la decapitación. Y ordenó que su hijo viniera obligado a presenciarla. Es posible que haya habido historias sangrientas de homofobia en la historia universal de la iniquidad, pero ninguna tan especialmente cruel como ésta.

            Poco más tarde, Federico fue obligado a casarse, a fin de poder obtener el derecho al trono. Nunca consumó el matrimonio y no tuvo descendencia carnal. Su legado a la humanidad fue el de proponer una visión de la monarquía providente. Sus leyes, su acogida a toda Ilustración –jesuitas expulsados del sur de Europa, católicos, incluidos- y su concepción del mando como agente de la prosperidad dieron un vuelco al sentido del arte de gobernar.

            Los dos amantes habían crecido en el estudio de la lengua francesa y la Ilustración. Acaso por tal suceso creyeron en la libertad, e intentaron vivir la libertad que más estimaron libre: la del amor, y una mente criminal y retrógrada se lo impidió. Jamás el rencor dictó el proceder de Federico, que, entre otras cosas, también por eso fue Grande. Vale.

santdo

EL GOCE LECTOR

LA

            Cuando ya hemos leído, el concepto “comprensión lectora” no ha sido sino un método, un camino. La meta, siempre, es el goce lector. Leemos para gozar. No para entender. Entender es una meta transitoria, volante. Leemos para gozar, con unos matices más o menos sensitivos, más o menos intelectuales; pero leemos para gozar. No leemos para comprender. Comprender es la puerta del gozar. No nos detenemos bajo el umbral de la puerta de la casa a donde vamos. Atravesamos ese umbral, el entender, el comprender, y pasamos al salón del goce. “Comprensión” es una palabra abstracta. No huele, no tiene sabor, no se oye, no se toca, ni siquiera se ve. Es eso, un concepto abstracto. La palabra goce es plurisensitiva. Es como la unión de todos los sentidos. Es un sentimiento interno. Y se parece más a un sentido pleno, que a una idea abstracta.

            Por eso, en las escuelas, habría que reivindicar el sentido del goce lector, antes que el de comprensión lectora. Incluso, la comprensión puede faltar, y estar presente el goce. Cuántas canciones, mal escuchadas y con su letra confundida, nos han hecho gozar aun con esa letra confundida. Un acento desviado, caso tan concurrente en las letras de canción, una palabra desconocida… no han sido obstáculo alguno para sentir el alcance pleno del sentimiento que esa canción comportaba. El goce lector es la mejor manera de conocimiento que hay. No es una diversión, ni una frivolidad, preferir aprender un poema con todas sus inflexiones, con todos sus énfasis, con cierta dosis de expresión corporal incluida, que conocer todos los detalles de su estilo, de su escuela poética. O representarlo, como un monólogo breve. Un texto ya gozado comprendido en su esencia, queda dispuesto para que se alcance la totalidad de su comprensión. La totalidad de la comprensión de un poema no es imprescindible para asumir el goce del mismo.  Vicente Medina lo entrevió magistralmente, en “La Canción Triste”, en donde oyendo declamar en la calle a un extranjero solo y abandonado, dice: “y es verdá que ninguno lo entiende / ¡pero lloran tós!” Pues eso es. Aún no entendiendo palabra alguna, podemos echar a volar el sentimiento.

            Ningún escritor escribe para que le midan las sílabas, le cuenten y expliquen con mil esquemas sus metáforas o rastreen sus ecos clásicos. Los escritores escriben para expresar su adentro, sentimental o cerebral, pero, en todo caso para mover el alma. No buscan un cerebro lector que simplemente decodifique su mensaje, sino que buscan un corazón que comparta sus inquietudes. Gozar es superior a comprender. Vale.

santdo

UN CABALLERO ESPAÑOL: EL YECLANO DON MIGUEL ORTUÑO

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            Como cristiano esencial, español convencido, murciano y yeclano por amor y cuna, se autodefinió el Académico Don Miguel Ortuño Palao en la presentación del Libro-Homenaje que la Real Academia Alfonso X el Sabio le ha dedicado con toda justicia. El acto tuvo lugar en el Auditorio municipal de Yecla, abierto de nuevo al público tras tres años de obras y hallazgos arqueológicos de alcance. Añadió, además, como identidad básica, la impar vinculación familiar que le confiere raíz de sangre y afecto, fuerza para continuar y ánimo para proseguir con el rigor y la dedicación a todo lo que requiere su esfuerzo investigador en todas la humanidades, locales y universales.

            Autoridades yeclanas, amigos, investigadores de humanidades como él mismo, sus compañeros académicos de la Real de Alfonso X el Sabio y gentes del pueblo de Yecla, le acompañamos en la celebración, más que homenaje –según el Excmo. Sr. Director de la R.A.A.X, Don Francisco Calvo García-Tornel-; celebración que sobre la emotividad propia del evento, destiló la gran humanidad del “celebrado”. Miguel Ortuño, junto con su mujer, Carmen Ortín, ha sembrado Yecla de amor por las humanidades todas, desde la arqueología, a la Literatura y la Historia. Numerosos yeclanos han sido discípulos suyos, y son parte de la evidente pujanza de la Yecla letrada, a la par que la Yecla industrial, ejemplo para todo el país de renovación y creación de riqueza.

            Es muy honrado acudir a Yecla y sentirse testigo de la devoción de una ciudad por alguien que ha triunfado en el mundo de la investigación en humanidades, así como en la batalla del cariño por los suyos. Miguel Ortuño es un Caballero Español, a la antigua si se quiere, pero sin nada del orgullo basado en la prosapia y los blasones. Sus méritos son sus trabajos, y el amor al estudio inculcado en sus discípulos. Sabio y prudente: tales son las cualidades que el pueblo español ha conferido siempre a quienes admiraba. Séneca o San Isidoro cumplían también ambas dimensiones, y aunque bien conozco la distinta difusión universal de sus personalidades, nada me impide a mí parangonar estas tres figuras en esas dos raíces de lo humano. Don Miguel Ortuño ha llegado al oro de la sabiduría, partiendo del cobre del conocimiento, y en cuanto a prudencia, baste anotar la sencillez, con que saludaba a los innumerables convecinos que acudieron para abrazarle. Vale.

santdo

EL CANTO DEL CUCLILLO

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            Yo lo llamo cuclillo. Pero no sé su nombre. Soy de ciudad. El cuclillo tiene literatura. Otras aves no. Acaso fuera la avecilla que le cantaba al albor al prisionero del romance. Que por Mayo era, por Mayo… Y es entre la madrugada, aún tiniebla y el albor, primera claridad, cuando escucho su canto, breve, repetido, nada estridente. Es una de las voces del silencio en esa hora bruja. Cuando el frío y la amenaza de pronta luz, me sacan de la cama para cerrar batientes y abatir persianas, a fin de procurarme acaso tres horas de sueño más. Soy insomne. Ay de los insomnes. Cuando tal sucede, acabo de pasar el ecuador de mi dormir. Antaño, al escuchar al cuclillo maldecía el momento, la huida del sueño plomo que me tenía… Esta mañana, sin embargo, el canto del cuclillo me llegó diferente. Era hermoso, y natural, muy natural. Sus notas resumían el silencio mejor que el silencio mismo. Y la noche era noche, pero ya sabía que habría de desnudarse. La noche desnuda es el alba. El alba tiene un manto rosado, la aurora, que hilado fuera por Homero en hexámetros inmortales. El amanecer es rojo o fucsia o naranja o bermellón…Y el día es azul, como dijo Machado. Pero el cuclillo prefiere la madrugada, que es la noche última. Y hoy me he congraciado con él. Ha tenido paciencia conmigo. Lo ha logrado. Con razón lo amaba el prisionero. Oh, sí, espero que Dios le diera mal galardón al ballestero aquél que dice el romance. Y qué pena no saber el nombre de su autor, para ponerlo junto a Homero y a Machado en esta prosa.

            He entendido su sentimiento, su naturaleza, su fluir natural, que continuaba la noche en una existencia canora,  ya no visualizable. El cuclillo traduce la noche a sonido, pero le deja toda su sencillez. Como sólo la gran poesía es traducible. La mala, no. Y sentí no poder traicionar a mi costumbre de cerrar mi cuarto a su canto. Y obedecí la inercia, que me llevó de vuelta a la cama, pero muy desconsolado. No logré dormirme, porque había visto la luz canora del ave del misterio. Y una gran suavidad, como nube, que no era sino la melodía silente del cuclillo resuelta en éter, me envolvía. Las luces del alba primero, las de la aurora después, lograron al fin entrar por las oquedades y rendijas de mi casa, hasta mi lecho. Y me desperté del todo. Me supe más sabio. Me levanté. Vale.

santdo

ACERCA DEL DISCÓBOLO DE MIRÓN

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            Acudo al MARQ, en Alicante, para ver una de las copias romanas del Discóbolo, del escultor Mirón. Una de las más celebradas obras del periodo clásico griego. Muy bien “museada”, en medio de una gradería circular, como está bien que sea para una estatua de bulto redondo, me pareció más un atleta posando en el momento de máxima tensión del lanzamiento, que una verdadera expresión del tal momento. La sabiduría museística dice que el atleta tiene un hemisferio en tensión, el izquierdo, y uno en exposición, el derecho, y que tal distribución de energías sirve al equilibrio que el clasicismo preconiza. Un clasicismo a pique de entrar ya en el manierismo helenístico.

            Mi observación es que ambos hemisferios son eso, la muestra de alguien que conoce la disposición correcta del cuerpo en posición de lanzamiento, posando para el escultor. El equilibrio viene de la pose, no de la conjunción de los dos bastiones corporales: uno para sostener, otro para lanzar. En suma, es una obra que sirve más a un canon de belleza que a un expresionismo escultórico, mimético de la realidad de la suerte atlética del lanzamiento de disco.

            Y, más subliminalmente, un homenaje al cuerpo bello masculino, proporcionado, bien torneado y en las medidas justas de todas sus partes. La obra pasó a nuestro tiempo con la cabeza hacia abajo, errónea postura del lanzador de disco, o con la cabeza hacia atrás, postura verdadera del atleta que de esa modalidad se ocupa. Parece ser que la más fidedigna es la que muestra la cabeza hacia atrás, momento en que el atleta mira por última vez al disco antes de empezar a lanzarlo, aún dentro de su mano, hasta que es dejado salir, una vez el brazo elevado completamente en diagonal con el cuerpo. La cabeza hacia abajo es una variación sin rigor atlético, que, no obstante, aumenta el equilibrio del original; pues esa cabeza hacia adelante es más consecuente con una postura serena, que es el objetivo de todo equilibrio. Es decir, la cabeza hacia abajo aumenta el sentido que, creemos, Mirón debió dar a su escultura. Con lo que el atrevido copista que varió por primera vez la obra no hizo sino obrar en consonancia con lo que de ella emanaba.

            En resumen, el Discóbolo es el retrato escultórico de alguien que posa de lanzador de disco, no de alguien que lanza el disco. Por comparar, el San Pedro de Salzillo que arremete contra el sayón por el suelo, brazo en alto con la refulgente espada, sí es alguien que está haciendo ese acto de pleno movimiento y tensión. No es alguien que posa. ¿Entendido? Vale.

santdo

SUBIDA A LOS CIELOS DE ANTONIO CAMPILLO

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            Marchó el escultor. Su alma, acompañada de varias de sus gordas en bicicleta, vuela ahora entre nubes, camino de la Gloria definitiva. El va andando, con su bolso al costado, y su figura de maniquí, sonriendo, mirando hacia abajo, o de soslayo a sus gordas desnudas, que le sonríen mientras pedalean y pedalean. Unas a otras se adelantan caóticamente, y aunque van cuesta arriba, pronto, al perderse la referencia terrestre, ya se creen horizontales. Han salido de la luminosidad solar de la atmósfera, pero no son circundados por la cósmica noche infinita. Van en una aureola, como de galaxia, siempre entre luces blancas y azules. No pierden el sol y el calor, la luz de la Huerta de Murcia, que llevan consigo.

            Pasan junto al pequeñísimo planeta del Principito, que deja sus reflexiones lindas, profundas y eternas, por asomarse al espacio y decirles adiós. Las gordas le devuelven el saludo, riendo, soñando. Y siguen pedaleando mientras ven la mano alzada de Campillo devolverle el saludo al personaje. Pronto el Principito y su bola planetaria se van haciendo pequeños y pequeños.

            Y es entonces una nave espacial, con cosmonautas con traje de buzo blanco, que arreglan un desperfecto en el exterior de la quieta nave. Campillo hace un alto, y sostiene un martillo al arreglador de naves espaciales, que agradece el gesto. Las gordas han echado pie a tierra, a esperar a su maestro. Campillo echa una mano en el arreglo, y todo queda perfecto. Se chocan la mano como dos baloncestistas, y prosigue su marcha la comitiva de las bicicletas.

            A su izquierda, hay un agujero negro, muy profundo. Por él se asoman brujas de aquelarre, goyescas, que jalean a las ciclistas, como si en el Tour de Francia estuvieran. Las desnudas mujeres de Campillo les ofrecen un sprint, y al final, la vencedora sube a un podio, para que Campillo le entregue un trofeo esculpido por él. Luego, cuando le da el beso a la vencedora, las brujas del agujero negro prorrumpen en festiva gritería. Y siguen.

            Continúan andando y volando, y llegan, al fin, hasta una hermosa alameda de moreras, en cuyo final, ataviado en recatada gala rococó, lo espera Francisco Salzillo. Las gordas bajan de sus bicicletas y observan calladas. Antonio Campillo se arrodilla ante el Maestro, quien, por toda respuesta, lo levanta y lo abraza. Lloran entonces las gordas. Vale

 

santdo

EL CASTILLO DE LA VERDAD (CUENTO)

Trovador      

             En aquel castillo de La Provenza habitaba el Señor de la Comarca. Tenía una hija, gran lectora, a escondidas de su padre. Había sido formada de niña por un aya cátara, amante de los libros. Marchó el Señor Feudal a las Cruzadas, y, pasados los años, ocurrió que no volvía. Una noche, la joven, mientras releía una copia de la Chanson de Roland, escuchó la trémula voz de un trovador, que llegaba desde la ventana, abierta a los placeres de Mayo. Cantaba con escasa voz, y su trovar no era de la mejor condición. No sabía rimar en consonante, desafinaba, y apenas salía de los más viejos tópicos. Salió a la alta finestra la damisela, y escuchó completa la trovada. Hablaba de unos amores frustrados, donde moría su querida amante.

            -¿De dónde vienes, trovador? –le preguntó la joven castellana.

            -Vengo de las Cruzadas. Allí fui guerrero.

            -¿Cambiaste la espada por el laúd? –volvió a preguntar la infantina.

            -No, la espada me cambió a mí por otro caballero –aclaró el tañedor.

            -¿Y el laúd? –insistió la doncella

            -Al laúd lo escogí yo, mi señora. Aunque él todavía no me ha escogido a mí, como habréis podido comprobar –afirmó cortés el aludido.

            -Mmm… sois el primer trovador humilde del mundo. He visto muchos en mis salones. Y os puedo asegurar que no miento –arguyó desde arriba la heredera del castillo.

            -¿En algo, pues, soy el primer trovador del mundo? ¿Me hacéis ese honor de considerarme tal, mi señora? –contestó zalamero el músico y poeta.

            -Y lo creo. Saber tocar el laúd y cantar a la vez es algo difícil, que pocos logran, más todos creen hacerlo muy bien. ¿Querréis hacerme el favor de volver a cantar la hermosa trova que acabáis de entonar? –pidió la insomne muchacha.

            -¿Queréis oírme desafinar de nuevo, mi señora? –preguntó él.

            -Más que la perfección, me interesa la verdad, trovador. ¿Hubo amor cierto en esa historia que cantáis, verdad? –adujo ella.

            -Sí lo hubo, mi señora. Sí lo hubo. Amores de una mora me lo hicieron componer, amores que hicieron dejara espada. Cruzados mataron a la mora y a mí quebraron el corazón. Dejé las Cruzadas, y desnavegué la mar por volver y buscar a mi dolor dulzura para descansar –aclaró el cantor.

            -Entonces, cantadla y seguir andando, trovador, que no son los castillos, lugares para cantar amores verdaderos. Mentiras bellas forman el trovar clus, que no amores ciertos, que, dicen, asunto son de crónica. Calmad vuestro corazón, y seguid vuestra marcha. No hay, en los castillos, paz para un corazón doliente. Seguid, seguid vuestro camino, que el corazón sabrá dónde habrá de tener fin.

            Escuchó la petición el trovador, y comenzó a entonar entonces su trova como nunca lo había hecho antes y jamás logró volver a hacerlo después. Con las últimas notas, la doncella del castillo se retiró, apagó el pabilo que luz concedía a la escena, y acabó todo en la oscuridad de una noche de Mayo sin luna. El trovador, acabada la rima, envolvió su laúd, embozó su capa, y buscó su montura para seguir noche adelante, buscando la paz a su doliente corazón. En adelante fue… el mejor de los trovadores de la Aquitania toda.

            Alguna vez quiso volver al Castillo de la Verdad, mas nunca consiguió dar con el camino que a él llevaba.

                                                                                              10-05-2009

 

santdo

EL POEMA (HOMENAJE A PESSOA)

Poeta Y FLOR

El poema

                     O poeta è um fingidor
                                            Pessoa

 

 El poeta

nunca sabe,

cuando escribe,

lo que le pasa.

 

 El poeta escribe,

precisamente,

para esclarecer

lo que en realidad

le pasa.

 

 Ocurre que casi nunca

llega a saber

apenas nada

de aquello que él cree

que entonces le pasa.

 

 Pero sabe mentir

con bellas,

precisas palabras…

algo parecido

a lo que en el fondo

en realidad le pasa.

 

 El mejor poema

surge entonces:

cuando ha sabido,

el poeta,

poner un velo, una gasa

sobre aquello,

que, a fin de cuentas,

en realidad le pasa.

 

         10-05-2009

santdo

LA NO BATALLA DE LA VOZ NEGRA

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            La Voz Negra, antes Buznegra, y cuando los primeros romanos en el Valle del Guadalentín-Segura se aposentaron allí, Putea Nigra, son unos pequeños cerros, al sur de Alcantarilla, menos de un kilómetro. La Ermita de Nª Sª de la Paz se alza allí, hoy. El nombre, llegado donde está por analogía, hacía alusión a las pozas o charcos de agua pútrida, sobrevenida luego de las riadas, por ser territorio más bajo que el cauce aledaño al afluente occidental del Segura. Su traducción es, claro está: pozas negras. Más o menos, busquen en el mapa entre el Polígono Oeste y el Aerodromo militar. Bien, pues en el invierno que cerraba el año de 1265, hubo una batalla, o conato de batalla, en ese paraje, puerta de entrada a poniente de Alcantarilla y Murcia, entre las huestes aragonesas, catalanas y castellanas, comandadas por Jaime I –de gran prez decía Alfonso X- y unos jinetes granadinos, acompañados de infantería y acémilas de carga con pertrechos de guerra y avituallamientos. La tropa cristiana estaba a punto de reconquistar Murcia, rebelada contra Castilla dos años antes. Hacía 20 años que Múrsiya era ya Murcia.

            Arrepentido el Nazarí de Granada de haber dejado solos a los mursíes, por acuerdo con Alfonso X, que desamparaba a sus primos de Málaga –los Asquilula, rebeldes a la supremacía alhmabreña- a cambio de que dejase solo al reyezuelo de Murcia, Al-Watiq… arrepentido, decimos, envío tropa, cuyo número exagera, sin duda Cascales en su crónica.

            El caso es que desde Lorca, dos almogávares, guerreros de fortuna fronterizos, llegan sudorosos y urgentes ante el rey aragonés. Y le dan noticia de la tropa sarracena que cabalga para Murcia. Don Jaime convoca alarde de inmediato. Y llama a toda la nobleza que lleva consigo. Desde Orihuela, bordean la costera sur, obviando Murcia, y llegan a la altura de Alcantarilla. Allí acampan. Con las primeras luces, ven llegar a los granadinos. Como invitándoles a la batalla en el llano de los cerros voznegrianos, se colocan en orden de batalla. Don Jaime sale afuera, vuelve grupas y les arenga con solemnidad y valentía. Todos vibran de bélica emoción. Sobre todo, su hijo, el que luego será Pedro III, con gran trayectoria militar y política en Nápoles, y Don Guillem de Rocafull, que luego será Señor de Abanilla. Por cierto, Pedro, como Don Pedro de Aragón, llegará a ser personaje de Shakespeare, nada menos.

            Pero no era la gloria quien esperaba a la hueste cristiana, sino tan sólo la pura y dura victoria: los zenetes granadinos huyen apenas ver a la mesnada cristiana venir sobre ellos. Don Jaime, prudente, los deja ir. Don Alonso García de Villamayor dice que no les cogerán hasta Alhama, y que Alhama no es el objetivo: es Murcia. Comprobada la huida muslim, levantan el Real y se vuelven hacia Orihuela, triunfantes, pero no gloriosos. Vale.


 

santdo

1600 AÑOS DE LAS INVASIONES BÁRBARAS

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            Sucedió en 409. Suevos, vándalos y alanos pasaron los Pirineos e invadieron Hispania. Cinco años más tarde, llegarían los godos, de Ataulfo, que acabarían por imponerse a todos, y unificar, por poco tiempo, hasta la llegada del mahometano, la península. Aunque la tendencia actual se decanta por pensar en los invasores como auténticos revivificadores de la sociedad romana, lo cierto es, exactamente, todo lo contrario. Tardan dos siglos en convertirse a la civilización, y en tener respeto por la cultura. Algunos de ellos, claro, no todos. Hispania siguió siendo romana, hablando latín, escribiéndolo y viajando a donde tuviera que viajar, comerciando y trabajando. Eso sí, con guerras devastadoras. Tampoco los romanos estuvieron en paz mucho tiempo seguido, las guerras civiles por quítame allá ese Emperador, ciertamente proliferaron. La guerra era una constante de los tiempos. Roma era ya una reliquia venerable, pero su cultura, menguada, seguía fulgiendo.

            Los bárbaros deshacen la lengua única, desfigurando, en cada territorio, el latín que allí se hablaba, y marcando línea de lengua extranjera donde antes no la había. Debido a un conocido poema de Kavafis, cuya idea no es suya –ya existe en los escritores hispano-godos del momento- los bárbaros son una bendición para la decadencia romana, que, con ellos, accede a una suerte de redención salvífica. El poema está en múltiples páginas de Internet. Los bárbaros eran un ejército convertido en pueblo. O unos pueblos de guerreros, da igual. Los territorios que conquistaban por las armas y el salvajismo ya tenían suficiente diversidad genética y cultural para no necesitar nuevas semillas, ni nuevos alicientes en el conocimiento. Los bárbaros buscaban no nuevas tierras que roturar, para trabajar el campo, pastorear ganados y establecer sus artesanías. No, nada de eso: buscaban pueblos a los que someter para ellos. Buscaban pueblos esclavos. Y, si como dice el famoso poema de kavafis, hubiesen levantado sus campamentos, y hubiesen retornado a sus estepas y fríos septentrionales, nadie, nadie, y mucho menos los poetas, hubiese llorado su marcha. En 427, los vándalos arrasaron Cartagena: ¿no mataron a ningún poeta? Ninguno de ellos se reencarnó en kavafis, seguro.

            No obstante, como dice el famoso proverbio oriental, el sándalo perfuma el hacha que lo hiende. Y, por la vía de la religión católica, se logró civilizarlos. Dos siglos se tardó en ello. Cuando Europa estaba ya dispuesta a rehacerse, en el VIII, apareció el Islam. La sabiduría hispana de Isidoro, entre otros, desapareció en el naufragio mozárabe. Vale

santdo

LICINIANO Y SAN LEANDRO EN CARTAGENA

Liciniano

 

Estatua de “San Liciniano”, en el Imafronte de la Catedral de Murcia

 

            Liciniano fue obispo de Cartagena cuando la dominación bizantina. Transcurría el siglo VI. Coincidió en el tiempo con San Leandro. Liciniano fue obispo de Cartagena, pero no era cartagenero. Seguramente llegó a la ciudad por mar, desde el norte de Africa, acaso Cartago, la actual Túnez. Muchos eremitas y abades, con sus respectivas bibliotecas llegaron a Hispania por esas fechas, huyendo del acoso berebere, preislámico o islámico propiamente. San Leandro, en cambio, sí fue cartagenero, pero no fue Obispo de Cartagena. Dejó la ciudad cuando mozo, con su padre Severiano, y ya en Sevilla, alcanzó el grado de Obispo. Arzobispo si consideramos que Sevilla convocaba a los obispos de
la Bética, provincia romana que pasó a provincia eclesiástica.

            Bien, pues en 595, Leandro volvió de su segundo viaje a Constantinopla. Había ido a preguntar al Emperador cuáles habían sido los acuerdos con el Imperio, para que los bizantinos tomasen para sí un pedazo de Hispania. Los pergaminos firmados por parte del rey Atanagildo, que los llamara para su guerra con Agila, su rival por la corona goda, se habían perdido. En Bizancio, ahora Constantinopla, se habían quemado. Viaje en balde.

            Bien, pues Leandro desembarcó en Cartagena, y allá que salió a esperarle Liciniano. No podemos imaginar otra cosa que estuviesen en alguna fecha de la estación propicia, esto es el verano, entendido en sentido lato. El encuentro fue muy frustrante para Liciniano. “Llevaba mucha prisa”, nos dice Liciniano. “Y no tuvo tiempo para decirme nada de los Comentarios al Libro de Job de Gregorio, el Obispo de Roma”.  Leandro no amaba mucho regresar a Cartagena. Sépanlo todos. En escritos a su hermana Florentina le dice que ni se le ocurra pensar en volver a nuestra ciudad. Y lamentó mucho haber mandado a Fulgencio un par de veces. Por cierto, Fulgencio nunca fue Obispo de Cartagena. Lo fue de Écija. Pero no de Cartagena. Siento frustrar a algunos, pero fue así. Belluga inventó su obispado en Cartagena. Es de suponer que Fulgencio vino para tratar asuntos del patrimonio familiar, que no debía ser poco, habido cuenta de la importancia de Severiano, el padre de ambos. La causa del poco aprecio de Leandro por Cartagena hay que buscarla en que, cuando salieron de la ciudad, éste era arriana en cuanto a los godos principales en su seno, y bizantina en cuanto a poder político. Leandro desembarcó, y salió con prisa para Sevilla. Vale.

santdo

UN MILAGRO DE LIBROS

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        San Fructuoso vivió cuando los godos. Murió en 665. Por cierto su tierra goda era Iberia, ni Hispania, ni Luistania. Palencia y Braga eran la misma nación para él. Bien, pues este Fructuoso fue varón piadosísimo, que se formó en la Catedral de Palencia y luego se fue al Bierzo, tras dar todo lo que tenía, liberar sus esclavos, y raparse la cabeza. Su fama de asceta fue propagándose, y pronto llegaron a la comarca gentes de toda condición, con el ánimo de imitarle. Tantos y tantos llegaron, que hubo de escribir una regla para que se orientaran todos.

            Pero, además, San Fructuoso hizo un milagro de libros. Verán. Era primavera, que era cuando se viajaba entonces, por evitar el frío mayormente. Fructuoso viajaba con libros, para leer y estar instruido siempre. Como muchos vamos con el ordenador portátil cuando viajamos.

            Entonces, los libros no era sino códices; esto es, volúmenes encuadernados de pergaminos. Ya no se llevaban los rollos romanos. Y aún no estaban los libros. Bueno, pues los códices de Fructuoso viajaban sobre unos serones montados sobre una mula, que encabalgada era por un jovenzuelo paje al servicio del que ya entonces era Obispo.

            Fueron a pasar un río… En aquellos tiempos no había puentes, casi, y los caminos atravesaban ríos, por vados. El vado iba crecido, con mucha agua, pero no tanta para que el joven custodio de los libros no creyera que su mula podría con aquellas aguas semibravas. Y, ¡zaca!, allá que espoleó a la mula para pasar el atorrenteado riachuelo. Pero, el agua es traicionera, y llevaba mucha más fuerza de la que el inexperto imberbe suponía. Y al fondo que se fueron todos. El rapaz enseguida se zafó de la montura –diz la crónica- y se salvó. La montura fue llevada por las aguas y allá que sabría salir sola cuando remansase la torrentera. Pero lo libros. Oh, los libros…  Allá que vieron a los serones cabe la orilla, inundados de agua. Y, por tanto, sus códices echados a perder, con la tinta disuelta en el agua violenta de la crecida primaveral. No obstante, el santo Obispo mandó que acudieran a rescatar los librescos serones. De mala gana obedecieron todos, y cuál no sería su sorpresa, cuando al sacar uno por uno los códices, halláronlos secos como antes del suceso. El agua había respetado la sabiduría leída del santo. Vale.

santdo

CONJETURAS SOBRE UNOS SÍMBOLOS EN “LA OLMEDA”, VILLA ROMANA EN PEDROSA DE LA VEGA (PALENCIA)

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Símbolos monoteistas en un mosaico de

La Villa Romana de La Omeda

          En el siglo IV, algún romano poderoso se instaló en plena meseta castellana, cerca de la actual Saldaña, en Pedrosa de la Vega, sin ningún tipo de cuidado, en el llano. Fundó una hacienda agropecuaria y levantó Villa para dirigirla. La Olmeda, se llama hoy. Eran tiempo de prosperidad para el Imperio. Los bárbaros eran detenidos todavía en los limes romanos, en Germania, Dacia y doquiera que fuese. Largas décadas quedaban aún para que irrumpiesen los bárbaros en las tierras civilizadas por Roma.

            Nuestro hombre se trajo de Oriente -creemos- un artífice de mosaicos, un mosaista, que era algo más. Y llegó a un acuerdo con él para elegir qué ilustraciones compondrían -él y su equipo- sobre los suelos de la Villa, dispuestas sobre todas las dependencias abiertas al ancho y cuadrado Compluvium. En la sala de las recepciones, nuestro artífice diseñó la escena en la que Ulises acude a la isla de Skyros, en el Egeo Norte, cercana a la costa, para rescatar a Aquiles del palacio de Licomedes, donde la madre del héroe de Troya, Tetis, lo había escondido para ahorrarle la muerte que lo esperaba en Troya. Sin su presencia y muerte,  los aqueos no hubieran ganado la guerra, según oráculos. Ulises, el astuto, se presenta en Skyros disfrazado de mujer vendedora de afeites, pero una vez dentro, arroja todo por los aires y se lleva al que será paladín de Troya. Todo representado con un realismo y composición más pictórica que mosaicista.

            ¿Por qué una escena griega? ¿No estamos en terreno latino? Cuadraría mejor una escena de La Eneida, ¿verdad? O un mito olímpico romanizado… alguna hazaña occidental de Hércules, por ejemplo. Conjeturemos fuertemente, que es naturaleza del blog: El artífice plasmó -con el consentimiento del amo si no con su comlicidad- una escena mitológica de su isla natal (?): Skyros. Atrevida sugerencia, por supuesto.

            Pero en el deambulatorio norte, cuadrado deambulatorio, hay representado un mosaico, aparentemente geométrico, que llama la atención por la presencia reiterada de cruces gamadas o svásticas. Hay otros dos símbolos, que comparten este mismo lado norte de la logia: dos eslabones de cadena entrelazados y una cruz griega, de simetría central. Bien, son tres símbolos monoteístas claros: la Svástica es un símbolo solar, mitraico, que hereda el Mitraísmo del Maniqueísmo y éste del Mazdeísmo. Desgraciadamente, los últimos herederos de la svástica son los pervertidos y genocidas nazis. Condenémosles y salvemos el símbolo. Si se puede.

          Las tres son religiones monoteístas de origen persa. Ahura Mazda era el Dios Único predicado por Zoroastro. De esta religión no quedó nada, luego del Islam. Pero aún estamos en el siglo IV. Los dos eslabones entrelazados son el Nudo de Salomón. O Sello de Salomón. Hoy es un trazado común, utilizado en muchos otros mosaicos. Y es un dato trivial en la decoración. Pero, allí, junto a la Svástica y la Cruz Griega, quiere decir mucho. Los dos eslabones representan la alianza de Jehová con su pueblo. Lo mismo que los dos triángulos  interprenetados de David, que conforman la Estrella, la cual desde un poco después representará a los judíos todos. Luego, está, en el mosaico y como tercer elemento, la Cruz Griega, muy orlada de contornos, acaso para mimetizarla. Todavía no se ha extendido la Cruz Latina de pie largo. La única Cruz que hay entonces es la griega, el primer entorno de universalidad del Cristianismo. La Biblia está siendo traducida al latín por San Jerónimo en esos mismos tiempos. Todo es griego en el Cristianismo entonces. Resumamos. Ahura Mazda, Jehová y Jesús. Son las tres maneras de nombrar al Dios Único que hay en el siglo IV. Dos o tres centurias más tarde el Islam hubiera sustituido a la Svástica.

            Sin duda, tan sólo una mente oriental conoce esas tres circunstancias, que vienen tan en contra del politeísmo olímpico, pagano. Acaso podemos sospechar que el dueño de la Villa, perfectamente pagano nunca supo nada de aquellos símbolos, sino que eran caprichos geométricos del prestigioso artífice que se hizo traer de Grecia (¿Skyros?). En todo caso, de los cartones que presentó al amo, como patrones de los mosaicos, eligieron éstos. ¿Quién sabe por qué? En este contexto, ¿no podemos suponer al Ulises que destroza el palacio de Licomedes para llevarse al Príncipe de los Mirmidones a guerrear a Troya, como un trasunto del Monoteísmo, que viene para arrasar al Politeísmo y rescatar al hombre (Aquiles) para la Verdad? Las semejanzas con el pasaje evangélico de la expulsión de los mercaderes del templo es evidente también.

            Aún hay más. La estela de mosaico que así canta al Monoteísmo es la Norte, la que da a la Estrella Polar, que desde siempre se sabe que es la única que no gira, y a cuyo alrededor se mueven en círculo todas las demás, en particular, y muy cerca de ella, la Osa Menor, que girando con su paleta a cuestas es trasunto de la Svástica,  palabra que es la unión de dos letras sánscritas, que significa La Buena Nueva. O Buen augurio. ¡Navidad! La Estrella Polar, otro trasunto del Dios Único. Y el recorrido de la casa, entrando por el Sur, yendo primero hacia el Oecus o sala de los sucesos de Skyros, hace que recorramos esta logia norte, de Levante a Poniente, desde los aposentos más nobles, los del amanecer, hasta los más ancilares (letrinas, baños…), los del ocaso, como el mismo Sol, el otro gran trasunto celeste del Dios Único.

            Podemos suponer, si seguimos la conjetura, que esta Villa Romana era toda una premonición del triunfo en Occidente de la Creencia en un Dios Único. Vale.

 

santdo

OLEZA

VO                            
                  En Orihuela, su pueblo y el mío…
                             Miguel Hernández

 

  Oleza, desde mi balcón la veo;

justo allí, donde da comienzo el cielo,

al pie del monte, bajo el monasterio,

los claros días del azul invierno

que miro descuidado hacia lo lejos

tan sólo para verla sin saberlo.

 

 Oleza, la de los palacios viejos

de rostro abarrocado y polvoriento.

¡Ay, Oleza!, de Obispos y cabreros,

su pueblo y el mío ¡ay, compañero

del alma,

          ay del alma compañero!

 

 Desde tu huerta, que es la mía, espero

que vengan las abejas a decírmelo,

cómo a la sombra clara, al leve fresco

de las altas palmeras del ensueño,

prosigues, Oleza, a escribir tu verso

de monte, de arte, de río y de huerto.

santdo

AUROROS Y JUEVES SANTO EN MURCIA

Auroros

  

      Se rebela el procesador de textos, que desconoce la palabra auroros, y me la corrige hasta el tercer intento, en que, porfiando, cede a mis pretensiones, si bien, me subraya el vocablo en rojo, como señal de su protesta vencida. Y es que los auroros son unos rescatadores de masculinidad a una palabra esencialmente femenina. Son unos feministas del léxico, que se anticipan a la feminización de la sociedad. Ojo, a la feminización, no al afeminamiento. Y ellos ya lo hacían tiempo y tiempo atrás. Ya lo saben. Les oigo cantar la tarde del Jueves Santo, en la explanada de San Agustín, rodeados de fieles propios y curiosos. Y me siento Jueves Santo con ellos. Su monosalmodia  o así pone un acento de murcianía en el aire, ni frío ni caliente, de Abril.

            La tarde Jueves santo tiene mucho de víspera, en Murcia. Ya están los pasos de Salzillo preparados, con sus flores y cenas dispuestos para el desfile procesional del día siguiente, un día siguiente que hace a éste día anterior. Sobre todo por la tarde.

            Y así, de los pasos de Jesús, volvemos a los corros auroreos, con su campana y sus voces viriles que se aúnan en el colectivo de femeninas raíces. Pocos pintores han sucumbido a la tentación de plasmar en el lienzo este corro de voces auténticas, étnicas que diría un erudito, acaso a la violeta. Las palabras de los poemas, sencillos, emotivos, directos, escritos en el estilo popular, con una expresividad que supera a la pobre sintaxis, que tan poquita cosa tiene que decir ya a nadie. Pero es mejor dejarse llevar por la lenta salmodia que emana de las gargantas graves y piadosas, que ponerse a analizar la letra de las piezas.

            En el cielo, los arreboles rosados, naranjas y ya grises de la tarde abrileña iluminan por última vez la plaza. Las luces municipales son para todos. Antaño, los pintores así lo muestran, había niño que portaba el farol, en bajo, para iluminar el corro. Y las caras de todos presentaban unos trazos como de Caravaggio, el tenebrista italiano, uno de los maestros de Velázquez.

            Hace siglos que están ahí, como el Ángel de Salzillo, ahí adentro, en la Iglesia de Jesús, como el San Juan, que tan graciosamente recoge la túnica con su mano y alza la otra, señalando lo más importante de todo. La fe. Vale.

           

santdo

EL AMOR ES UNA BARCA…

MT

            Adiós, Mari Trini. Remas sola ahora hacia lo eterno. Ya no mueve el azar el otro remo de tu barca. Lo lleva un ángel, y acaso no es una barca lo que te lleva por el éter intangible del trasmundo, es una góndola, en la Venecia de los sueños. Tarareando va el ángel tus canciones… Con una voz más allá de lo viril, quiere imitar el sensible desgarro de tu voz, pero no lo consigue, sólo susurra mientras boga sobre las quietas aguas de la Venecia, ya digo, de los sueños. Pero a ti te sirve el homenaje del impar gondolero, alas plegadas, túnica remangada, rizados cabellos, hermoso como ángel. Mojas en el agua tus manos, y miras cómo caen las gotas que resbalan por tus dedos. Te viene una melodía a la cabeza, y los acentos de alguna frase hermosa, para hacer una canción. Mas lo dejas. Abandonas. Piensas que el viaje va a durar una eternidad, y recoges tus piernas en los brazos, mirando al infinito. Pero no hay infinito. Hay una niebla, entre la que, acaso, se desdibuja algún perfil de cúpula o farola de rayas blancas y rojas de señalización veneciana. Un rumor de agua resbalada en el liso perfil de la góndola, pone acompañamiento al dulce tararear del gondolero, que te lleva, ya sabes, infinitamente al ínclito infinito que tú soñaste cuando viva.

            Pero sigues viva aún Mari Trini. O eso piensas mientras surcas canales y canales en la góndola que te lleva. Vamos contigo todos cuantos oímos, gustamos, saboreamos tus canciones. Y sentimos el orgullo de saberte caravaqueña, murciana. Una Murcia de dinamita poética pura. Porque tus canciones eran poesía, Mari Trini. Una poesía que devolvía al verso la música de origen.

            Resuena ahora en mí tu versión de Ne me quitte pas, la inolvidable creación de Jacques Brel. Sabías ver el desgarro de corazón cuando lo escuchabas, y no pudiste quedarte sin dar a esa canción tu voz. Y nos la ofreciste con el corazón en la mano. Y Canción Vieja, de Patxi Andión. Y todas la tuyas, justo las que el ángel tararea una y otra vez a tu soledad de mujer sensible y fuerte.

            Sigues viva, decía, en el recuerdo de toda una generación, que aprendió los caminos del corazón con tus letras, que, como flechas ondulantes, flexibles, certeras, herían nuestros adentros, siempre.

            Mari Trini, Adieu… Vale.

santdo

MOLINA SÁNCHEZ Y MUÑOZ BARBERÁN

Barberán

JMAS 

     Exponen estos días, acaso por última vez simultáneamente, los dos más importantes pintores del siglo XX en Murcia. Muñoz Barberán y Molina Sánchez. Aclaro el énfasis expresivo. Ambos pintores viven el triunfo de una manera de entender el arte como mercado libre, que coincidió con su etapa de fulgor personal y creativo. Ambos vivieron de lo que el Arte les daba en tanto que vendedores de cuadros. A los dos les hizo vivir de su pintura el desarrollo español de los 60. Desarrollismo para algunos. La expansión económica llegó a las capitales españolas medias, como Murcia, en aquellos tiempos. Y sus burgueses tuvieron el excedente de capital suficiente como para comprar arte. Molina y Barberán les correspondieron elevando su nivel de consumo estético. Hicieron alzarse a la burguesía murciana, desde el Realismo de sus antecesores en el mismo plano pictórico, hasta un cierto impresionismo, que ya escapaba de la reproducción del modelo como referencia única de mérito. En este hacer ascender al recién creado comprador de arte, en su nivel de modernidad y exigencia, fueron acompañados por Mariano Ballester, y por otros.

     Molina y Barberán no son todavía pintores de subvención, como menudean tantos a partir del 75. Y no son pintores de culto, como Ramón Gaya o Pedro Cano, acaso más exógenos a Murcia, por cosmopolitas. De ahí que hayamos usado la preposición “en” para aludir a su vinculación a Murcia. Otra cosa hubiera sido con la preposición “de”; en cuyo caso sí cabrían los dos citados a continuación. Son pintores de clientes. Una modalidad preindustrial. Hoy el Arte es cosa de la inversión o de la subvención. El mercado libre malvive con unos pocos coleccionistas, que, acaso, se saben de otro tiempo.

    Ambos son figurativos, Barberán y Molina. Y ambos fueron entrañables amigos. Padre de familia algo más que numerosa el primero, sin hijos el segundo. Unidos en la pasión por el arte. Molina se fugó de Murcia, y consiguió vivir en Madrid como ilustrador. El, con otros, mantuvo viva la llama de los ilustradores del tiempo de la Republica, hasta que se convirtió en autor. Muñoz Barberán se inicia como ayudante de fotógrafo, y la querencia por la estampa, por el testimonio, no lo abandonará nunca. Molina Sánchez es la Lírica, Muñoz Barberán la narrativa. Amigo de la música sinfónica el primero, apasionado de esa monumental muestra narrativa y total que es la Opera, el segundo. 

   En los cuadros de Molina hay unidad sintética, poética, la mirada acaba enseguida de contemplar el cuadro; el resto es para el espíritu. Con Muñoz Barberán, nuestra mirada es necesariamente analítica. Divaga de una parte a otra componiendo la narración en su conjunto. Molina navegó más hacia el abstracto. Lo figurativo, en sus dos temas más característicos y últimos –los Ángeles y los centros de flores-, es sólo pretexto para dejar a los brochazos, a la espátula… erigirse en señora absoluta del lienzo. Lo podemos ver en las alas de esos Ángeles que pueblan el pabellón alto del Palacio del Almudí. Dichas alas no son sino lienzos dentro del lienzo para que la libérrima creatividad del artista se exprese a capricho.

     Muñoz Barberán también bebió del abstracto, y de la pintura matérica; pero siguió más firme en su fidelidad a lo figurativo como numen del cuadro. Pintó frescos en iglesias, poco dadas a la innovación. En la muestra de pintura pasional que se expone en el Museo Salzillo –una genial idea- vemos ese afán de narratividad costumbrista, pero revestida de impresionismo y de soltura en la técnica de dejar la materia pictórica en el lienzo, compatibilizada con figuras, escenario y/o paisaje. Muñoz Barberán no fue coloreador de volúmenes. Entendía el lienzo como una zona de distribución de luz, la cual revelaba los volúmenes. Y aporta un dato nada baladí: un fino humor que el contemplador de sus cuadros puede rastrear a menudo: el humor. Aprécienlo, por ejemplo, en esa imitación del fotográfico flash que hace con los pinceles en uno de los cuadros dedicados a los “Coloraos”. Parece decirnos que sus ojos son el flash. Un guiño a sus inicios, y un jugar con la mente del espectador: pintura suplantando a la fotografía o al revés. Sus puntos de vista son siempre los de la misma altura de los contempladores de la procesión del Viernes Santo. No busca otro: es el mismo que el de los fotógrafos que pululan siempre alrededor de la procesión. Y es el de todos.

     Pero, a la fin y a la postre, se lo confieso, Molina y Barberán, junto con Ballester, son los pintores de mis inicios como gustador de la pintura. Son mis pintores. Y tengo con ellos cierta complicidad no generacional, pero sí de época: la suya, de maestros; la mía, de alumnillo de Bachillerato. Vale.

santdo

DONOSA JORNADA EN BAYARQUE

Bayarque 

                          Para Miguel Ángel, Pili, Victoria y Miguelillo.

 Aconsejo el río Bacares.

y no debía decir más,

que a los peregrinos bastaba

escuchar: ¡Compostela!,

para irse hasta allá,

andando caminos,

atravesando puentes,

arrostrando calamidad.

 Mas piadoso seré

con vosotros,

y, amable, os descubriré

dónde tal río está.

 Se halla en Almería.

En su oriente deberéis buscar.

Y no en la costa,

mas tampoco tan adentro,

que no se pueda encontrar.

 No toméis a broma

este pequeño cantar,

que tiene la rima hondos

secretos del idioma

que sólo ella puede descifrar.

Bien pudiera el río Bacares

tener égloga de buen cantar.

Y ser Arcadia donosa

de algún poeta universal.

Y si he de elegir

causa de que no sea

mi destino tener posteridad

sea por no saber escribir

lo que merece el río Bacares

en grandeza y amenidad.

 Bacares viene de vacas,

que latín es, y no morisco,

su vocablo en puridad.

Ni siquiera castellano.

Romana es su estirpe

y auténtica su latinidad.

 Y es que parece Asturias,

Cantabria o Canadá.

Verdes laderas de Marzo

se deslizan hasta el cauce breve

que arrullando va

su canción de agua

que llega hasta el mar.

 Y los álamos, y los almendros,

y los juncos y…

otros árboles cuyo nombre,

otro alguien mejor que yo,

perfectamente sabrá…

 Mas todo eso no importa.

Importa sobre todo ahora

la indolente amenidad,

el sabroso bienestar…

que a la vera del río Bacares

pasé un día de Marzo,

buscando felicidad.

              18 de marzo de 2009          

santdo

POSTAL DE ALSACIA

Alsacia

Hortensias de Alsacia

a la vera del río.

Sauces que lloran

verdes lágrimas

sobre el pañuelo

del agua, en estío.

Geranios en balcones,

rojos tejados

y travesaños vistos.

Catedrales románicas,

palacios, castillos…

Enre los viajes que nunca hice,

habréis de ser por siempre

hermoso instante detenido,

postal maravillosa que, os digo,

jamás logrará velar

el injusto e irreparable olvido.

santdo

¿CONOCIÓ BELLUGA A CASANOVA?

casanova-7gif.JPG           belluga.jpg

 Un Giacomo Casanova de apenas 16 años cumplidos, pero con dos doctorados (¿) en Leyes a sus espaldas, llega a Roma, entre 1741 y 1743. En esta última fecha ya lo han despedido de la Ciudad Eterna. Luis de Belluga y Moncada fallece en 1743, en la misma Roma. El veneciano llega como paje –digámoslo así- del Cardenal Acquaviva, Troyano Acquaviva. Los Acquaviva gozaban de la prebenda de Embajadores de España ante la Santa Sede. El Cardenal de tan homérico nombre lo era en aquel tiempo. ¿Cómo no suponer que Belluga frecuentara la Embajada o recibiese recados de la misma? El propio Belluga había sido Embajador en la década precedente.

            Por supuesto que una investigación de mayor enjundia que un ojeo a Google podría dilucidar el asunto, pero un blog es buen espacio para la conjetura. El palacio de la Embajada era ya el que es ahora, allí, en la Plaza de España. Recordemos que, bajando la escalinata de la Trinidad, de frente se tiene a la Fuente de la Barcaccia, eludiéndola, se entra en la calle Greco, donde está el café literario más famoso de Roma. Pero si, una vez descendida la famosa gradería, tira uno a la izquierda, se llega al obelisco de la Inmaculada, frente a la misma puerta de la Embajada. Por cierto, las dos plazas y sus aledaños fueron territorio de soberanía española hasta la Revolución francesa. Y los soldados españoles disparaban a todo romano que se aventurara sin permiso en la zona. Incluso podían cogerlo, alistarlo en el ejército, y enviarlo a cualquier parte del mundo. Se atrevían, además, los españoles, a salir de leva por otras barrios romanos. Hubo tiros por ello, y barricadas. El mapa de la soberanía española de entonces debiera incluir aquella plaza. Hasta hoy, cuando el Papa acude el 8 de Diciembre a celebrar a la Purísima no es sino huésped -honorariamente- del Embajador.

            Bien, Belluga muere el 22 de febrero de 1743. ¿Vio a Casanova alguna vez acompañando en segunda o tercera fila al Embajador? ¿Por qué no? Belluga era ultramontano, defensor del poder temporal de la Iglesia. Casanova era liberal por naturaleza. Acaso se cruzasen las miradas, y fuera como un encuentro, un relevo, del ayer con el mañana, en el siempre precario presente.

            A Casanova lo echaron por amparar, acaso demasiado, a una monja en su habitación de la Embajada. Belluga debió morir casto. Vale.

santdo

MENSAJES JESUITAS EN SAN ESTEBAN, MURCIA

S. Esteban         

   La fachada de la desacralizada iglesia de San Esteban, en Murcia, es un monumento a la conocida capacidad jesuítica para lanzar dobles mensajes equívocos, de los que aúnan lo uno y su contrario.  El templo era la capilla de servicio del Colegio Jesuita de Murcia, fundado a mediados del siglo XVI, apenas iniciada la andadura de la Orden: O mejor dicho, de la Compañía, dado el carácter militar que se autoatribuyó. Y lo que pensamos como fachada, no es sino entrada lateral. Su entrada principal se hallaba por dentro del palacio mismo, sobriamente renacentista. Anotemos que la capilla es de traza gótica, con sus altas nervaduras y arbotantes. Primera mensaje doble: el Renacimiento para estudiar, el Medievo para rezar.

            El obispo de Cartagena, en el XIII, había recibido de Alfonso X, posiblemente, las tierras sobre las que se levanta el Palacio, aledañas a las que hoy son los conventos de Las Claras primero y Las Anas después, espacialmente hablando. El titular episcopal es, en el XVI, Esteban de Almeyda. Los jesuitas, en agradecimiento, consagran a San Esteban la iglesia. Ganado el Obispo, ganada la diócesis debieron pensar. En la ciudad, desde los tiempos del Studium Convetuale de Raimond Martí, y sus dominicos tomistas, la Orden de Santo Domingo, de Santo Tomás y de San Vicente Ferrer ordenaba el tráfico piadoso en la comarca. Los Jesuitas, desde un comienzo, se oponen conceptual y fácticamente a los dominicos. Éstos predican al pueblo, a las masas. Aún tenemos la estatua de San Vicente Ferrer en Santo Domingo, predicando desde su balcón de fierro a los paseantes de la plaza, frente al soberbio ficus. Los Jesuitas, que han aprendido de la Reforma luterana, forman a las élites. Los dominicos estudian teología. Los Jesuitas estudian todo. Se hacen sabios en cualquier disciplina humana y divina.

            El santo a quien se dedicó la capilla se halla arriba, en medio del pórtico, que no tiene frontispicio triangular, sino horizontal. Y presenta una rodilla en actitud de comenzar a ser doblada. Viste de diácono, que fue el oficio que los Apóstoles le dieron. Fanáticos judíos lo apedrearon hasta darle muerte. Según la hagiografía perdurada, se arrodilló, y pidió el perdón para sus lapidadotes. En pétrea filacteria inmediata inferiormente a San Esteban, leemos en latín. IN NOMINE IESU OMNE GENU FLECTATUR. Traduciendo por la claro: EN EL NOMBRE DE JESÚS, TODOS GENUFLEXOS. O sea, hacen de San Esteban poco menos que el primer jesuita, a la par que halagan al titular de la diócesis, que porta su nombre. La genuflexión final del mártir la interpretan como un acto jesuita. Hábil manera de unir el nombre de Jesús, fundamental en la naturaleza de la Compañía, al mismo Santo y al Obispo.

            Un poco más en bajo, a los lados, sobre la filacteria, pero sobre las dos hormacinas guardianas de la jambas del pórtico, pusieron más tarde, seguramente cuando los canonizaron, a San Ignacio, fundador de la Compañía, y a San Francisco Javier, el bienaventurado más célebre de sus seguidores. Ya no estaba sólo San Esteban como “jesuita”, ya tenían santos.

            En la hornacina de la izquierda, muy deteriorado, tenemos a San Lucas, el toro que lo simboliza, se halla debajo de su pie izquierdo. San Lucas fue médico, y hasta su incorporación a las labores apostólicas de San Pablo, no hizo otra cosa que estudiar. Lo dice su hagiografía más difundida. Aparece con un libro en las manos. El mensaje es claro: primero estudiar, formarse, duramente… después actuar en consecuencia. Una leyenda bajo el pedestal dice: THEOLOGIA CALICATUR… y no se puede leer más para el simple método de fijar la vista desde cerca. LA TEOLOGÍA MÁS PURA… Especialistas habrá que descifren lo que resta, pero el sentido es claro. Teólogos después de sabios. Tal es el horizonte formativo de la Compañía. Los famosos Ejercicios Espirituales de San Ignacio no otra cosa perseguían. Despojar a la persona de todos sus lastres o impurezas y forjar al hombre nuevo, lanzado al estudio y a la misión divina de propagar la fe, primero que todo entre las clases nobles.

            En la hornacina de la derecha, hay una figura de mujer con una palma de mártir, y pisa en su pie derecho, una cabeza con barbas y melenas, cinta en la frente, que, vista y leída la leyenda de abajo, resulta ser la de un sabio griego. La leyenda dice: SAPIENTES PIETATE SUPERAVIT. Entendamos: A LOS SABIOS LES SUPERA LA PIEDAD.  Es la segunda viñeta del comic teológico comenzado con San Lucas. Primero Sabiduría, luego Teología. Pero, entre ambas: la Piedad. La Piedad, no la fe.  A la vez tenemos un alegato contra los dominicos: Teología sin estudios, nada. Y en la alegoría de la Piedad, un reclamo contra los protestantes, que creen que la fe sola salva. Roma, roca del Catolicismo, proclama que sin obras, sin piedad, no hay salvación, aunque haya fe. Es el mensaje teológico de Trento. De un “golpe de fachada”, descalifican a la vieja orden medieval, los dominicos, y afrentan al nuevo orden centroeuropeo de la libre interpretación y de la fe salvífica.

            Entre los dominicos, ya caducados –es su mensaje- y los protestantes, inmersos en el error hereje: ellos, los jesuitas, continuadores de San Esteban y San Lucas, los primeros que dieron testimonio moderno de Jesucristo.

            O sea, cualquier profesor de Historia podría explicar la Reforma y la Contrarreforma tan sólo con esta fachada.

            Aún hay más en la fachada, pero… acaso baste por hoy.

            ¡Cuántas cosas nos dicen la piedras, que ignoramos!

santdo

EL AMOR COMO BIOQUÍMICA

AMOR

“Las hormonas definen el calendario amatorio: la testosterona dispara el deseo y la oxitoscina mantiene la fidelidad”

            (Helen Fisher, de la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey)

Qué cosa sea el amor,
nadie lo sabe.
No es el amor cosa del saber:
es el amor cosa del sentir.

Los antiguos alquimistas
conocían bien todas las piedras preciosas.

Sabían sus brillos,
la calidad de sus luces,
averiguaban su peso específico.
Y tenían los listados
de todas sus cualidades curativas,
mágicas y astrológicas.

Fue mucho más tarde
que los científicos
descubrieron sus sistemas de cristalización,
y supieron dibujar
las complicadas geometrías
de sus átomos y moléculas.
Pero cuando eso sucedió,
ya no había antiguos alquimistas.

Igual ocurre, os digo, con el amor.
Somos como aquellos antiguos alquimistas.
Sabemos de tal misterio
los suspiros, las miradas,
los temblores, los susurrantes decires…
Pero nunca sabremos
qué cosa sea, en el fondo, el amor.

Acaso en algún futuro
-futuro imperfecto desde luego-
algún sabio dé en la ocurrencia de investigarlo,
y nos diga la bioquímica genética del amor.
Y, así, proclame que se pueda averiguar
cuáles dos criaturas habrán fatalmente de enamorarse.

Yo, aquí y ahora,
con todos los antiguos alquimistas
de la vieja sabiduría del amor,
brindo solemne
por la primera excepción que,
con toda seguridad,
desmienta la teoría del tal
futuro geólogo del enamoramiento.

Pues no es el amor cosa del saber,
que es, os lo aseguro,
-y así será por siempre-
cosa del sentir, enigmático asunto misterioso
que siempre escapará a cualquier asedio de la razón.

Es por eso que somos humanos

santdo

LAFILOLOGÍA, DE LUTO

p Y r

            Se ha ido el Maestro de Gramática, Pepe Perona, un murciano de Cuenca, que ha gobernado la nave de la Filología, entendida como devenir histórico, en esta Región, los últimos años, tras sus maestros Muñoz Cortés y Muñoz Garrigós. Los murcianos se lo debemos de agradecer. Yo lo hago, gustoso, en nombre de todos cuantos quieran.

            Me siento un privilegiado, Pepe, por poder disponer de estas letras para decirte adiós. O hasta luego. Tus libros, tus artículos, tus estudios… tus decires, no todos impresos, son ya historia. Pienso citarte muchas veces. Espero que no me venza la ley del sobreuso lingüístico que impone que el abuso de un dicho, degenera su forma y su fondo. Tu manera de ser, exigente, y a la vez cercana, hizo de ti una figura en el mundo de las letras murcianas. Y aun en las españolas. Tus opiniones sobre Pérez Reverte son únicas. Con razón te dedicó el joven maestro  de escritores un delicioso cuento-artículo que todos recordamos.

            Quiero recordarte como el amigo de letras, antes que como el profesor universitario. Tenías fama de dómine trabucaire, independiente y feroz con lo trapacero y chapucista. Eras ejemplo de independencia. No tenías ataduras ideológicas, ni oficialistas. Hiciste de tu ciencia tu devoción. Y tu descreimiento desenmascaró muchas falsas visiones de la realidad. Cuántos te deben tanto, Pepe. Y no lo saben. Has formado muchas conciencias, que es mejor que formar muchos filólogos. Tu lección de independencia, sobre todo moral, es un legado que allá ellos quienes no sepan verla.

            Me pregunto, Pepe, cuál será la primera verdad que habrás querido saber en el Cielo al que has llegado. Y pienso que no habrá sido filológica la pregunta tuya. Habrá sido alguna del tipo: ¿Llevaba yo razón? Y te habrán sonreído por toda respuesta. Tu pensamiento habrá sido: “vaya, también aquí hay que remover conciencias”. Y te habrás puesto a ello. Ya tendrás tiempo de saber el nombre y personalidad del verdadero autor del Mío Cid o los orígenes de la diptongación castellana cuando los primeros romances. No era eso lo importante, sino cómo empleaba el poder la lengua, los escritos e incluso el cambio lingüístico, para imponerse.

            En fin, Pepe. Los papeles están de luto. Otras firmas vendrán; pero nadie como tú habrá llegado a las más altas cimas del sarcasmo y descreimiento, tan útiles para renovar todo. Sic tibi terra levis. Vale.

santdo

CABEZA Y CORAZÓN

pensadr 

Llamamos sentir o pensar

a lo que hacemos:

premeditamos con la razón

y actuamos por lo intuido.

 

Y creemos, así, distinto

a lo que pensamos,

de lo que sentimos.

 

Y sospecho muchas veces,

si es que acaso

no sean lo mismo,

lo uno y lo otro:

lo pensado y lo sentido.

Que el corazón y la cabeza

no se distinguieran

y fuera su diferencia puro espejismo.

Que lo lúgubremente razonado

y su revés, lo alegremente intuido

cosas iguales, eternamente

por siempre, y desde siempre, hayan sido.

 

¿Pensamos intuitivamente?

 

¿Cuándo razonamos…

sucede, en realidad,

que de alguna manera sentimos?

 

Sean dos, o sean uno,

arcano sea por los siglos de los siglos.

Y busquen filósofos

de la verdad su secreto escondido.

Que nosotros…

por los dos a veces gozamos,

por los dos en ocasiones sufrimos.

 

santdo

¡CANTARÉ EN TU FUNERAL!

Slumdog

 

       -¡Cantaré en tu funeral!

       Es la frase que más me emocionó de la extraordinaria película “Slumdog Millionaire”. Se la dice un niño ciego, mendigo profesional al servicio de un desalmado, a su excompañero de cuadrilla, que lograra escapar de las garras del ganster que los explotara a ambos, en el Bombay de nuestros días. Jamal, nombre del generoso excompañero y protagonista de la película, le entrega un billete de 100 dólares al reconocido amigo, cegado en cruel acto para extraer mejores rendimientos de su voz cantora. Al saber que busca a una niña, común compañera, Látika, para rescatarla, le confiesa donde anda, y al entender que va a ir a por ella, le dice la frase, que el espectador oye de lejos, en la voz del niño ciego, que ha quedado en su rincón del mugroso Metro de Bombay:

            -¡Cantaré en tu funeral!

            Agradecimiento y fatalismo. El niño ciego ha recibido el nunca visto billete, pero sabe lo que vale. Toca a Jamal rostro y cabeza, para reconocerle, en el único acto de cariño posible para él, y, al saber que va a meterse en la boca del lobo para buscar a su amada, concluye que a Jamal le queda de vida tan sólo lo que dure en llegar hasta el cutre prostíbulo donde enseñan a la aún adolescente Látika, los mil bailes  y posturas con que habrá de agradar a quien compre su virginidad.

            Cual Orfeo en busca de Eurídice, Jamal acude a los infiernos, al rescate de su niña amada… Pero no voy a contar la película. Yo me quedo con la frase del pobre cieguito. El sentimiento de gratitud, también el de amistad, late en el fondo del pobre niño, aun en medio del erial de su desgracia, a la que posiblemente nunca logrará escapar en sus días.

            Con dejes de novela picaresca… o dickensiana, dirán anglosajones, la primera parte de la película transcurre en el desgraciado lumpen de Bombay, donde los derechos humanos naufragan en medio de la más absoluta desidia por parte de todos: el odio religioso, que deja sin madre a Jamal y a su hermano Malik, la explotación infantil, la mugre, la absoluta falta de higiene, de parámetros medievales… Pero al mismo tiempo, la existencia de oportunidades que da una sociedad libre, son circunstancias que, sin contrarrestarse, abocan a un final, en apariencia dichoso, pero que supone a la felicidad restringida al plano individual. Vale.

 

santdo

IDENTIDAD EN TRÁNSITO, PEDRO CANO

Tránsito

            Hombres y mujeres  de espaldas, camino a alguna parte, que, en realidad, es ninguna parte. Poesía de la soledad, pintura solidaria, que tiene a la persona, la sola persona, sin compañía alguna, como exclusivo protagonista. Pedro Cano, en aquellos tormentosos años del final de la Guerra Fría, vio arribar al puerto de Bari añosos barcos repletos de albaneses, buscando la dignidad. Su corazón de hombre universal y sencillo se conmovió. Realizó algunos apuntes, teñidos de la emoción solidaria del momento, y los guardó. Casi veinte años cicatrizaron aquellas heridas pictóricas, hasta que salieron del germen donde dormían, y se hicieron carne de cuadro. Roma, Florencia, y ahora Murcia, han visto este mensaje humano del pintor de Blanca, que busca comprensión, emoción y compromiso.

            Por primera vez, los personajes del cuadro contemplan el fondo del propio cuadro, en lugar de la mirada del artista. El mismo fondo que los contempladores del cuadro. Por eso, su destino es el propio nuestro, gustadores de la pintura de Pedro Cano. Una casi invisible pintura que, no obstante, sabe dejar constancia de la impronta matérica que nos habla de modernidad pictórica. Debajo de esa invisibilidad plástica habita el dibujo, que la espátula de Pedro Cano va arrastrando por el lienzo. Un lienzo del mismo tamaño que un espejo de cuerpo entero, para que nos reconozcamos en esa espalda que se va de nosotros, hacia esa ciudad o hacia esa nada travestida de destino. Todos somos tránsito entre dos estaciones. Como aquellos albaneses, que luego dejaron lugar a amas de casa, a ancianos, a jóvenes en bicicleta y músicos con su instrumento a cuestas.

            Pedro Cano testimonia una tragedia, que es épica en un principio: la aventura de la Europa libre para unas personas que han vivido una despersonalización feroz durante décadas. Van camino de la redención y… del sufrimiento. Al otro lado del lienzo, en esas perspectivas urbanas, habita su esperanza. Nuestra esperanza. Pedro Cano nos ha querido meter en el cuadro a todos. Su particular punto de vista es como invitación para seguir al personaje, y comprender así su soledad frente a las cosas: una soledad dramática, existencial o simplemente cotidiana. No importa de dónde vengan, o venimos: importa dónde vamos. Esa es la lección humana de estos cuadros/poemas cuyos versos parecen salir de esa difuminada niebla lírica que son siempre los fondos de sus cuadros. Vale.

santdo

¿SE PERDIÓ EL CID EN MOLINA DE SEGURA?

cid

            El segundo destierro del Cid, luego del de Santa Gadea –legendario y casi seguramente apócrifo destierro- tuvo mucho que ver con tierras murcianas. Aledo y Molina de Segura. Sucedió en 1089, más o menos. El rey castellano, antes leonés, Alfonso VI, ha decidido ir en ayuda de su paladín García Jiménez, que resiste en pleno corazón de Xarq-al-Andalus, al frente de una corta mesnada, guarnecido en un castillo, el de Aledo.  Con base en él, causa estragos por toda la comarca del Guadalentín.

            Desde Toledo baja Alfonso, buscando Hellín como punto de encuentro. Desde Zaragoza, hasta Játiva y Onteniente, desciende por el mapa Rodrigo Ruy Díaz, el de Vivar. Andan cerca, pero no se encuentran. Cuando el rey ha llegado hasta la misma Aledo, a la que rodean todas las taifas musulmanas y aun los magrebíes de Yusuf, sucede que el paladín castellano, lo está esperando en Molina de Segura.

            ¿Por qué no se encontraron?

            Cabe conjeturar que Alfonso llegó a través de Sierra Espuña, por extraño que parezca, pues todo el llano, desde Múrsya a Lorca se hallaba tomado por la hueste moruna que cercaba a García Jiménez. Acaso el Cid esperaba en lo bajo del valle, junto a Múrsiya, en Molina, refuerzos para acudir por el mismo llano del Guadalentín, hasta el nido de águilas de Aledo, rompiendo el cerco. Indudablemente, Alfonso entró en Aledo por la montaña, pues no se llegó a entablar batalla.

            Ya en Aledo, comprueba que el Cid no ha llegado, ni se le espera. Monta en cólera, decide desterrar de nuevo a su vasallo, amén de confiscarle todos sus bienes y emitir orden de encerrar en prisiones a mujer e hijas, y termina por prender fuego a todo el pueblo, antes de abandonarlo.

            Desde el llano del Guadalentín, las tropas de Yusuf y sus aliados, entre los que brilla Al Mutamid, el rey poeta de Sevilla, observan el pavoroso incendio, deducen que Alfonso no planteará batalla, eso significa la tierra quemada, y celebran la recuperación del castillo y la paz en el valle. El castellano se lleva con él a García Jiménez y a los pocos mozárabes, descendientes de los hispanorromanos que conocieron la Cora de Todmir musulmana.

            La conjetura es la siguiente: ¿se perdió el Cid en Molina de Segura? ¿Conocían sus capitanes, correctamente, el mapa? ¿Por qué no se entendieron Alfonso y Rodrigo? Vale.

santdo

LA CARNE FEROZ DE FRANCIS BACON

bACON

Acudo a Madrid a ver la exposición que por el centenario del pintor ha montado El Prado sobre el irlandés Francis Bacon. Sorprende en primer lugar la inconmovible fidelidad a un formato, grande, casi de mural, y a menudo agrupado en tríptico. Bacon parte de Picasso, acaba en Goya, y entre ambos, se pasea por la condición humana más podrida. Estamos ante un pintor de impresiones interiores, que no exteriores como los impresionistas clásicos. Las ferocidades de las fauces de Inocencio X, los gestos altaneros y estúpidos de sus hombres de azul o los abismos esbozados en las pinturas dedicadas a su amigo suicida Gregory Dyers, hablan mucho de alguien que no creía en la especie humana. Las carnes, amalgamas informes de organicidad y erotismo confuso, síntomas son de una especie humana animalizada, como los perros y simios que asimismo pintó.
            Hablan críticos de las inseguridades de la Guerra Fría, de los horrores de las guerras mundiales… cono generadoras de ese pesimismo brutal. Un pesimismo para el que el pintor estaba preparado por esa tragedia intrínseca, aprendida de las pinceladas de Velázquez o de los brochazos de Goya. Una tragedia española, que asumió el inglés nacido en Irlanda, inconscientemente.
            Quiero reflexionar sobre un cuadro aparentemente abstracto: Sangre por el suelo, mostrado en la exposición. Bacon abominaba el abstracto. Uno de los máximos exponentes del abstracto era Rothko, quien hacía series de cuadros seccionados longitudinalmente, otorgando a cada sección un color, arbitrariamente. Bacon le coge la idea, y transforma las tres bandas en calzada, acera y pared. Muy sutilmente diseñadas. En medio de la acera: un charco de sangre oxidada, oscura; un leve rastro de arrastre se advierte como salida de la sanguinolenta mancha. Aparentemente, todo abstracto, fundamentalmente, un alegato contra la violencia, sobre la simple base de mostrarla. Bacon demuestra en este cuadro que el arte abstracto tiene su naturaleza propia en hacer de “cocina” al figurativismo, alejado ya, por su parte, del realismo referencial.
            La lección de existencialismo póstumo de Bacon es innegable. La condición de mera carne informe del hombre, y la radical perversión que supone asumir el poder, son las obsesiones de este pintor, que, al final suavizó sus mensajes, ya sin la tensión y desasosiego habituales. No sólo era, advertimos, consecuencia de su declive humano: Europa había descubierto, y desarrollado, ese bálsamo llamado Estado del Bienestar, luego de la Guerra Fría. Vale.